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20 de noviembre de 2018

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Casullo: entre el mito kirchnerista y la patria sojera

03 Apr 2008 | En la edición de Pagina/12 del domingo pasado, Nicolás Casullo, director de la revista Confines nos regaló una nueva editorial sin desperdicio intitulada “Nuevas memorias de marzo”. A continuación, algunas consideraciones sobre la difícil tarea de un apologista del oficialismo y las pésimas consecuencias de esta labor para su seriedad intelectual.   |   comentarios

Una mitología de bolsillo

Es entendible que un espadachín del kirchnerismo como Casullo, nos quiera presentar el conflicto de las últimas semanas como un escenario mítico donde “los protagonistas se repiten: el peronismo y las privilegiadas rentas agrarias”. Sin embargo, esto no deja mejor parados a sus argumentos.

Nuestro editorialista nos sugiere que para analizar la situación nacional “Habría que retroceder a [la] relación del peronismo con el mundo terrateniente en el período 1946-55, la creación del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) por parte de Perón para la intervención del Estado en el comercio exterior de las compañías exportadoras, transferir recursos al conjunto de la sociedad, monopolizar el manejo de las divisas y aplicar la paridad cambiaria.”

Parece exagerado ir tan atrás en el tiempo para encontrar una comparación, pero el problema no es éste sino que Casullo en su afán adulador equivoca en el signo de la comparación. Según Juan Iñigo Carrera el porcentaje de excedente del sector agrario (ganancia y renta del suelo agrarias) que fluyó, como diría Casullo, “al conjunto de la sociedad” durante el período 2002-2007 fue poco más de la mitad que durante la última dictadura y poco menos de la mitad que bajo el menemismo. Dice Iñigo Carrera: “Durante 2002-2007, primero por la subvaluación del peso y luego por la suba de los precios mundiales, el excedente agrario aumentó un 83 por ciento. Pero la parte que quedó para “el campo” creció un 219 por ciento, ya que sólo debió ceder el 23 por ciento de éste. Recibió así un promedio anual de 27 mil millones de pesos. En 2007, esta suma ascendió a 39 mil millones de pesos.”

Más papista que el papa Casullo cambia el “¿de qué se quejan?” gubernamental por un ridículo “volvimos al IAPI”.

Por otro lado, uno podría preguntarle a Casullo qué significa para él “transferir recursos al conjunto de la sociedad”. Es evidente que nuestro editorialista no es muy aficionado a los números y las estadísticas, pero ¿no sabe que el salario promedio actual tiene un poder adquisitivo apenas superior al del 2001 (se acuerda, la crisis)? ¿no sabe que el 40% de los trabajadores luego de los 5 años de kirchnerismo sigue en negro y tiene un salario promedio de $800? ¿Sabe Casullo lo que gana hoy un jubilado? Aunque sea como profesor tendría que saber que las universidades hay miles de docentes que no cobran, o que por ejemplo, la facultad de medicina de la UBA ni siquiera tiene gas, etc.

Ya que estamos le contamos a nuestro intelectual desprevenido que ni siquiera sigue existiendo el estatuto del peón, que el régimen laboral del peón rural bajo el kirchnerismo se rige por una ley videlista que ni siquiera garantiza la jornada de 8 horas. Bienvenido al mundo real Casullo.

La “contradicción principal”

Los terratenientes y empresarios del agro-business se enfrentaron al gobierno, ambos preparándose para la crisis que de hecho ya comenzó a afectar los precios de las commodities. Sin embargo, en este mundo al que Casullo es poco afecto, los oligarcas no repiten el discurso de Alsogaray de que es “inadmisible política comunista [retener] el 50 por ciento de las ganancias de la producción del campo” sino que prefieren, como Grobocopatel, criticarle a Cristina Kirchner que “no dice que con una cosecha de soja le pagamos al Fondo Monetario Internacional (FMI)”.

Esta diferencia no es casualidad. Los sectores que Grobocopatel representa estuvieron entre los grandes beneficiarios del modelo kirchnerista que apostó al desarrollo de la “patria sojera”. Como decía en una entrevista la socióloga Norma Giarraca “el gobierno creó sus propios Frankenstein”. Si Casullo quiere reafirmar un mito kirchenrista frente a la oligaquía, lo primero que tendría que explicar es quién creó al monstruo, y por sobre todo, quién le sigue dando de comer.

A pesar de esto, el director de Confines se siente confiado para regalarnos una de sus tradicionales arengas contra “las izquierdas”. Así nos dice: “resultan otra vez llamativas (pero no nuevas) las posiciones de las izquierdas. Hicieron todo lo humanamente posible y buscaron todas las argucias y contradicciones menores del conflicto agrario, para mantenerse en silencio, o estar del lado agroexportador, o desleer aspectos cruciales de la coyuntura, u oponerse al Gobierno sin el menor atisbo de apoyo crítico ni lectura de la contradicción principal (Mao dixit), o argumentar que ‘ni unos ni otros’, o que ‘todo es el mismo charco burgués’”.

Sobre la “contradicción principal” de Mao y las consecuencias o inconsecuencias del maoísmo criollo en llevar adelante un bloque con la “burguesía nacional” (que sería algo así como la suma de la UIA y los empresarios amigotes de K del tipo Cristóbal López) los dejamos que entre aduladores de la burguesía “nacional” se entiendan.

Sin embargo, la diatriba de Casullo no termina allí. En dos renglones despacha las posiciones independientes que denuncian tanto a la oligarquía como al gobierno, con el fantoche de “ni los unos ni los otros”, o “todo es el mismo charco burgués”. Qué crítica tan profunda. Pero bueno, es evidente que no es profundidad exactamente lo que se le puede exigir a nuestro editorialista.

Para Casullo el docente vapuleado por Cristina Kirchner que cobra $1200 tiene que defender a “su” gobierno contra los oligarcas que el mismo Kirchner benefició; el trabajador que viaja hecho una sardina en el Sarmiento tiene que festejar los logros de la presidenta del “tren bala”; los trabajadores del casino que fueron reprimidos por la prefectura tienen que sacar las banderitas del PJ y unirse con todos los sectores del movimiento obrero que recuperaron sus organizaciones para marchar a Plaza de Mayo con la burocracia de Moyano. Ni hablar de los peones rurales que según Casullo tendrían que posicionarse a favor del gobierno que sostiene la ley videlista sobre el trabajo agrario contra el patrón que la aplica.

En este punto Casullo pone el grito en el cielo y nos dice: “pero no sienten el tufillo procesista”, y nosotros le preguntamos: ¿pero no era, como dijo Cristina, que la dictadura genocida la habían garantizado sólo 900 milicos? ¿No hay ‘tufillo procesista’ en aliados de Cristina como los Rocca que tuvieron un centro de detención propio en Siderca o en Rodríguez del Smata que mandó a secuestrar a los obreros combativos de su gremio? La respuesta de Casullo a estas preguntas no la conocemos, parece que no considera necesario pronunciarse sobre esta parte de la política kirchnerista.

La historia no se terminó en el ‘74

“A nivel de experiencia histórica –nos dice Casullo-, el actual reformismo capitalista del peronismo es la experiencia democrática de confrontación social más evidente que vivió la Argentina desde 1955. También en cuanto al desagrado, incomodidad, recelo y oposición (aun haciendo buenos negocios) para un dominio histórico empresarial, religioso, militar y de sectores antipopulares, habida cuenta de que el radicalizado ’73 fue un proceso rápidamente abortado con la muerte de Perón y la violencia política.”

No es para referirnos otra vez a los anhelos mitológicos de Casullo que traemos esta cita, ya hablamos suficiente de esto. Lo que queremos traer a cuento ahora es la visión que nos quiere presentar Casullo sobre el período que va desde la muerte de Perón en el ’74 hasta el golpe del ’76. Para nuestro editorialista, que rompió con Montoneros en el ’75 y se fue al exilio, la historia del ascenso obrero y popular de los ’70 se terminó unos meses antes de que hiciera las valijas, abortada por “la muerte de Perón y la violencia política”. Pero una vez más tenemos que decirle que se equivoca: la historia, mal que le pese siguió.

No solo que siguió sino que en ese período hubo efectivamente varios lock-out agrarios crecientemente golpistas, en marzo, mayo, septiembre y octubre del ’75, y el de febrero del ‘76 nombrado por Cristina Kirchner en su discurso de Plaza de Mayo, y uno más programado para fines de marzo que no fue necesario porque unos días antes fue el golpe de “los 900 milicos” (Cristina dixit).

Imagínese el lector si el director de Confines hubiese sido nuestro consejero en aquel entonces: de un lado el gobierno de Isabel y la triple A (y Antonio Cafiero presidente honorario del pasado Congreso del PJ), del otro la Sociedad Rural y Carbap dirigida por quién sería secretario de agricultura de Viola.

¿Qué hacemos acá Casullo? No queremos estar con “las izquierdas” que dicen “ni unos ni otros”, o que “todo es el mismo charco burgués”. ¿Nos recomendaría como el PCR que apoyemos al gobierno de Isabel y la triple A?

Sin embargo, a pesar de lo que diga Casullo, después de que se murió Perón la historia siguió. ¿Se acuerda del ascenso del movimiento obrero durante junio y julio del ‘75 en respuesta al plan Rodrigo? ¿Se acuerda de las coordinadoras interfabriles? Es que el golpe (ni los lock out agrarios del ’75 y de febrero del año siguiente) fueron una respuesta a la muerte de Perón o a las acciones armadas de Montoneros. El golpe del 24 de marzo de 1976, como demuestran sus víctimas y la militarización de las fábricas, fue un golpe esencialmente dirigido contra el desarrollo de la acción política independiente del movimiento obrero que se enfrentaba al gobierno peronista (sí, Casullo, peronista) y amenazaba con sacarse de encima a la burocracia sindical.

De más está decir que el lock out agrario de hoy no es el lock-out agrario de octubre del ’75; y que tampoco la clase obrera actual protagoniza aún luchas como las de aquel entonces; sin embargo, casualmente ni hoy ni ayer Casullo consideraba que puede haber algo más allá de “los unos y los otros”.

Mal que le pese a Casullo, la posición que estigmatiza como “todo es el mismo charco burgués” no postula como él dice: “ni con unos ni con otros”, sino que sostiene que tanto los docentes que insulta Cristina; como los trabajadores del Casino que reprime; como los trabajadores que recuperan sus organizaciones y son atacados por las patotas de la burocracia sindical; así como los que están protagonizando duras luchas como los trabajadores del ajo de Mendoza o los trabajadores de la textil Mafissa, son parte de una clase capaz de adoptar una política independiente tanto del gobierno como de la oligarquía basada en sus propios intereses, sus propias organizaciones y su propia lucha.

Sin duda, nada más lejos de la ideología que Casullo y sus amigos pretenden defender.

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