Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
21 de septiembre de 2017

La Verdad Obrera N° 532

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La Segunda Internacional (III): La Socialdemocracia frente a la Guerra

25 Jul 2013 | El movimiento obrero a través de su historia se ha organizado internacionalmente para enfrentar a los capitalistas y luchar por una sociedad libre de explotación y opresión poniendo en pie cuatro Internacionales. En esta sección de La Verdad Obrera presentamos una serie de artículos sobre esta historia, con sus debates, sus luchas y sus lecciones. Esta sexta entrega trata sobre los distintos momentos que van desde la revolución de 1905 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial y cuáles fueron los principales debates que atravesaron a la Segunda Internacional.   |   comentarios

En esta entrega veremos cómo la expansión del capitalismo imperialista provocó el reparto del mundo entre los grandes monopolios y potencias capitalistas y tuvo como consecuencia una nueva relación entre naciones opresoras y oprimidas.

En esta entrega veremos cómo la expansión del capitalismo imperialista provocó el reparto del mundo entre los grandes monopolios y potencias capitalistas y tuvo como consecuencia una nueva relación entre naciones opresoras y oprimidas. Entre estas últimas están las colonias, países que no tienen independencia política ni económica, o las semicolonias, Estados que son formalmente independientes, pero que están subordinados política y militarmente a las potencias y sufren la dominación económica por su dependencia del capital financiero extranjero.

La burguesía imperialista y sus agentes dividen a la clase obrera

Luego de la derrota de la revolución de 1905, comienza un período de reflujo político, no sólo en Rusia sino en toda Europa. En Inglaterra, el Partido Laborista volvió a tener una estrecha colaboración con el Partido Liberal, un partido burgués; en Francia, los sindicalistas pasaron a tener posiciones reformistas; en Alemania el ala centro de la socialdemocracia giró hacia la derecha y el ala de derecha levantó cabeza.

En los países imperialistas se venían ganando posiciones, dando una idea de desarrollo continuo del capitalismo. Los salarios mejoraron, se conquistaron leyes de protección laboral y la miseria disminuía aunque no desaparecía. A su vez, los partidos socialistas aumentaban los votos en cada elección y ganaban bancas en los parlamentos. Sin embargo, lejos de un desarrollo pacífico, las contradicciones aumentaban en vez de atenuarse: era el umbral de una era de guerras imperialistas, guerras civiles y revoluciones sociales.

Como vimos en la nota anterior, el capitalismo en esta etapa está caracterizado por su carácter parasitario. Lenin explica, que la exportación de capitales da cuantiosas ganancias, que permite a las burguesías de los países imperialistas corromper a los dirigentes obreros y a la capa superior de la “aristocracia obrera”, de maneras directas e indirectas, dividiendo al proletariado. Esta era una capa de obreros aburguesados, por su manera de vivir y por su mentalidad, que comenzó a ser el apoyo principal de la Internacional; verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero, portadores del reformismo y del nacionalismo. Un sector importante de dirigentes de los partidos obreros y de los sindicatos de los países imperialistas comenzó a representar, solamente, los intereses de esta capa privilegiada; convirtiéndose en una burocracia dentro de estas organizaciones. Estas son las raíces materiales que explican por qué ganó tanto peso el revisionismo en la teoría y el reformismo en la práctica, produciéndose un quiebre con el legado del marxismo en gran parte de los integrantes de la Internacional. Estos dirigentes, que tenían una vida tranquila y pacífica, conciliaron con las burguesías de sus países, se volvieron socios menores del imperialismo de sus naciones, y fueron cada vez más indiferentes a lo que sucediera con los trabajadores de las colonias. Por ejemplo, los sindicalistas, que eran la tendencia de derecha de la Internacional, como los dirigidos por Eduard David, en Alemania, permanecieron pasivos frente a la esclavitud en las colonias, o a lo sumo argumentaban que, “como las colonias eran inevitables en el capitalismo”, tan sólo se debía luchar por mejorar las condiciones de vida de los pueblos en dichos países.

Intervención parlamentaria y la acción directa en la estrategia revolucionaria

Esas eran las presiones materiales que sufrían los partidos de la Internacional. La tendencia de centro- la corriente que oscilaba entre posiciones revolucionarias y posiciones reformistas- en este momento se inclinaba hacia la derecha: Kautsky y Bebel, sus principales dirigentes, quienes habían acompañado al ala izquierda en las conclusiones de 1905 y en la idea de que ese era el futuro de la revolución europea, terminaron fortaleciendo una estrategia reformista, que consistía en presionar a los gobiernos capitalistas para obtener concesiones, y la lucha para destruir el orden existente quedaba sólo para los discursos. En tanto el ala izquierda, encabezada por Luxemburgo, Liebknecht, Lenin y Trotsky, enfrentaba a estas tendencias desde una estrategia revolucionaria.
 
En este contexto la discusión sobre la huelga general se convirtió en una lucha de estrategias en el partido más grande de la Internacional. En 1910 se desarrolló, en Alemania, un movimiento por la obtención del sufragio universal, habrá asambleas de decenas de miles de trabajadores. Las manifestaciones eran de masas, como en Berlín que llegan a movilizar a 200 mil personas. Pero la socialdemocracia estaba incómoda, ya que su “objetivo” prioritario eran las elecciones de 1912. Por eso la orientación oficial del partido fue aplacar el movimiento. Lo que parecía una discusión de una nueva táctica, se transformó en un debate general sobre la estrategia de la nueva época que comenzaba, entre una perspectiva evolutiva y electoralista, y una estrategia revolucionaria basada en la lucha de clases. 

Rosa Luxemburgo planteaba adoptar la huelga general para conseguir la democratización del sistema electoral. Kautsky, su principal oponente, le contraponía la necesidad del proletariado de apostar a desgastar a la burguesía para ir obteniendo las demandas, y no correr el riesgo que implicaba la huelga de masas. La estrategia de “desgaste” de Kautsky se explicaba en las sucesivas campañas electorales que según él debían dar al partido una mayoría en el parlamento. Rosa lo enfrentó contundentemente: “Como el camarada Kautsky opone la huelga de masas así concebida [con una contraposición artificial] con nuestra vieja y probada táctica del parlamentarismo, en realidad lo único que hace es recomendar por ahora y para la situación actual nada más que parlamentarismo […] En los hechos, el camarada Kautsky –este es el pilar fundamental de la estrategia de desgaste- nos remite con insistencia a las próximas elecciones para el Reichstag (Parlamento)”.

 Para Rosa, la Rusia que había desarrollado, en 1905, la huelga general y los soviets como el organismo más democrático, mostraban el camino. Si se tenía en cuenta el carácter de la huelga de masas combativa en ese país, y el rol del proletariado, no se podía entonces separar el elemento económico del político, contra los esquemas teóricos que los diferenciaban.

 La revolución había mostrado que la huelga general política unificaba en la acción a las masas y se superaba los límites corporativos de los sindicatos. La huelga general, si bien no resolvía el problema de quién tenía el poder, para lo cual era necesaria la insurrección, era una poderosa herramienta de lucha del proletariado.
La discusión sobre la huelga general y el papel de la acción directa en la estrategia del proletariado, no se limitará a Alemania sino que será una de las discusiones fundamentales que van a atravesar al conjunto de la Internacional, a la hora de definir los medios que estaría llamado a utilizar el proletariado para detener la guerra interimperialista que las burguesías estaban preparando. 
 
La Guerra Mundial y la debacle de la Segunda Internacional  

Como Lenin lo había planteado, el capitalismo en su etapa imperialista se encontraba en su fase de decadencia. El mundo estaba dividido entre unas pocas potencias imperialistas que competían de forma cada vez más violenta, aumentando la tendencia hacia una gran guerra interimperialista. En julio de 1914 comienza la Primera Guerra Mundial. 

La discusión sobre la guerra, y cuál debía ser la actitud de los revolucionarios frente a ella, había atravesado los distintos Congresos desde la fundación de la Segunda Internacional. Luxemburgo había planteado que los socialistas debían luchar contra el militarismo y el colonialismo, se opuso a los presupuestos militares y organizó movilizaciones contra la guerra. El Congreso de Amsterdam en 1904 estuvo atravesado por el debate con los revisionistas, quienes veían la posibilidad de un camino pacífico hacia el socialismo mediante reformas. La revolución de 1905, desencadenada por la guerra ruso-japonesa, había planteado la relación entre guerra y revolución en la nueva época. En el Congreso de Stuttgart de 1907, la discusión de la guerra y el colonialismo fue central, por las crecientes tensiones entre los países imperialistas. El ala izquierda de la Internacional encabezada por Lenin, Luxemburgo, entre otros, se impuso. Como resolución se afirmaba que, si la guerra amenaza con estallar, era un deber de la clase obrera de esos países y de sus representantes en los parlamentos, con la ayuda de la dirección Internacional, hacer todos los esfuerzos por impedirla. Y en el caso de que la guerra estallase, tenían el derecho de interponerse para detenerla utilizando la crisis económica y política, creada por la guerra, movilizando amplios sectores populares y así precipitar la caída de la dominación capitalista. Pero no quedaban claros cuáles sería los métodos de lucha para precipitar esa caída. Esta discusión, será central en el Congreso de Copenhague en 1910, rondará alrededor de la eficacia o no de la huelga general, aunque tampoco aquí se llegó a una definición porque no se alcanzó un acuerdo entre las distintas alas de la Internacional. En 1912 la dirección de la Internacional organizó actos contra la guerra y convocó a un congreso extraordinario, en Basilea, con el objetivo de hacer una demostración de fuerza y solidaridad internacional, donde por primera vez se denunció el carácter imperialista que tendría la guerra.

En julio de 1914 la guerra estalló; frente a esto, la socialdemocracia alemana sacó un manifiesto exigiendo al gobierno no entrar y organizó mitines en los que participaron millones de obreros. Pero la decadencia del capitalismo y las tensiones entre las grandes potencias se agudizaban de tal forma que la única forma de frenarla era con un llamado a la huelga general, cosa que no hicieron. No se llevó adelante el segundo mandato de la resolución de Stuttgart: “utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política causada por la guerra, para sublevar a las masas y precipitar así la caída del dominio capitalista”. Ésta era la prueba máxima y aquí la Internacional se rompió, echando por tierra todas las proclamas de los años previos.

Mientras la mayoría de los dirigentes garantizaban que no se desarrollase la lucha de clases al interior de sus países, es decir le hacían un favor a la burguesía, para que pudiera ir a la guerra sin preocuparse por los asuntos internos; Lenin, en cambio, planteó que había que transformar la guerra imperialista en guerra civil. A esta política se la llamó “derrotismo revolucionario”, y consistía en que, la clase obrera no debía detener la lucha revolucionaria contra el gobierno de su país, frente a la posibilidad de que éste fuese derrotado en la guerra. Para él la revolución en tiempos de guerra era la guerra civil.

El 4 de agosto de 1914 marcó el derrumbe de la Segunda Internacional, los 111 parlamentarios del Partido Socialdemócrata Alemán, aprobaron los créditos que el gobierno pedía para ir a la guerra, lo mismo hacían del otro lado de la frontera los socialistas franceses, llevando a los trabajadores a una carnicería; renunciaron a la lucha de clases en nombre de la “defensa de la patria atacada”. Así rompieron la solidaridad internacional del proletariado, se rindieron ante sus burguesías y traicionaron la causa del socialismo. De esta forma la Segunda Internacional llegaba a su bancarrota.

Pero Lenin, Trotsky, Liebknecht, Rosa Luxemburgo y el ala izquierda de la Internacional, se opusieron a la guerra, y luego organizaron las Conferencias de Zimmerwald y Kienthal, que sentaran las base para una nueva Internacional, como veremos en la próxima entrega.


Karl Liebknecht 1871-1919

Dirigente del Partido Socialdemócrata Alemán, fue el único diputado en oponerse a la guerra, preso de 1916 a 1918 por su actividad antibélica. Fundador junto a Rosa Luxemburgo de la Liga Espartaco. Ambos asesinados, por orden del gobierno socialdemócrata, por dirigir la insurrección de enero de 1919.Así lo recordaba Trotsky: “El nombre de Karl Liebknecht se dio a conocer en todo el mundo en los primeros días de la gran guerra europea. Desde la primeras semanas de esta guerra, cuando el militarismo alemán festejaba sus primeras victorias, sus primeras orgías sangrientas, (…) cuando la socialdemocracia alemana se arrodillaba ante el militarismo y el imperialismo alemán que parecían poder someter todo el mundo (…) en medio de estos días sombríos y trágicos una sola voz se levantó en Alemania para protestar y maldecir: la de Karl Liebknecht. En realidad Liebknecht no se encontraba solo: Rosa Luxemburgo, mujer con gran coraje, luchaba a su lado”.

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