Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
22 de mayo de 2019

La Verdad Obrera N° 503

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UNA VEZ MÁS SOBRE LA PELÍCULA DE GLEYZER, VANDOR Y COMPAÑÍ

La vigencia de “Los Traidores”

29 Nov 2012   |   comentarios

La película cuenta la historia de un burócrata sindical que recuerda mucho a Agusto Timoteo Vandor, dirigente de la UOM y la CGT, que hoy reivindican tanto Hugo Moyano como Antonio Caló. El film es una obra importante del cine nacional, recomendable para debatir entre trabajadores, que ofrece una visión cinematográfica poco difundida de la resistencia obrera, del peronismo y la burocracia sindical en los ‘60 y ‘70.

La semana pasada el DOCA volvió a proyectar la película en su VI Muestra, en el Gaumont. “Los Traidores” fue dirigida por Raymundo Gleyzer y realizada entre 1972 y 1973 por el grupo Cine de la Base, que formaba parte del Frente Antimperialista por el Socialismo (FAS), organización que impulsaba el PRT-ERP.

Cine y rigor histórico
A través de un estilo “neorrealista”, que combina ejemplarmente el cine poético, la ficción y el cine documental, el film cuenta cómo un delegado peronista de la UOM (Roberto Barrera) se corrompe y traiciona a su clase. Aborda, además, las condiciones de trabajo y señala el valor de la democracia obrera. Con momentos muy duros, que transmiten crudamente la represión y los métodos clásicos de la burocracia, que lleva adelante con la complicidad de la policía (la Coordinación Federal) y el gobierno militar.
Cuenta asimismo cómo la burocracia negocia despidos y “planes de racionalización”, y su participación en conspiraciones junto a fracciones del ejército a favor de golpes de Estado, convocando a planes de lucha a cambio de prebendas que le alcanzan los capitalistas que apoyan las dictaduras.

Poesía documental
La película tiene escenas hermosamente filmadas, como la de estación de trenes, en la cual el burócrata sindical Barrera, que prepara su autosecuestro, al pasar por uno de los andenes oye una voz fuera de campo que le dice bajito y rápido “viva Perón”, que irrita por un instante el andar público del burócrata junto a sus matones.
O en el diálogo con el jefe de producción de la fábrica (personaje de nombre Benítez); momento clave, cuando Barrera es quebrado y da el paso a la traición.
La cuestión son los ritmos de producción que la patronal viene imponiendo, que causó varios accidentes graves entre los obreros, que Benítez defiende recordándole que “en los tiempos de Perón era lo mismo; a mayor productividad -decía Perón-, mayor beneficio para los trabajadores. ¿No se acuerda?...”
- “Sí -contesta Barrera-, pero en esa época, los trabajadores estábamos en el poder.”
- “No diga -le responde Benítez-, que yo sepa, las empresas siempre pertenecieron a los accionistas, y no a los trabajadores”.
La carga opresiva de la película es fuerte y el director lo sabe perfectamente. Gleyzer entonces busca (y encuentra) algo de alivio a través de una escena que ocurre en un cementerio, cuando el protagonista, Barrera, sueña su muerte.
La escena se destaca por su encanto surrealista, creando un marco de ironía que recuerda los Caprichos o Disparates de las aguafuertes de Goya, donde la burla invita a la clase obrera a reírse de sus enemigos, subrayando la idea que es posible vencerlos. Y Gleyzer trata el asunto con mucha sensibilidad pero a la vez con rigor documental, ya que ridiculiza en sus formas y gestos a los oradores del entierro, al Secretario General de la CGT (petiso, con bigotes, gorra de papel, de overol y comiendo un enorme sanguche) y al presidente de la nación (de rulos perdidos, con rasgos del personaje que inmortalizara Olmedo con su presidente de “Costa Pobre”), a los que hace hablar a través de discursos del Gral. Levingston y José Rucci, que recuerdan el entierro de Vandor.

Los “buenos peronistas” y la guerrilla
Con todo, el conflicto central es el enfrentamiento entre la burocracia sindical peronista y una oposición obrera antiburocrática, que la película define como clasista, aunque luego esos obreros terminen vivando a Perón en la toma de una fábrica. Aquí quizás esté el debate más jugoso de la película (que abren los ’70): los problemas y dificultades para construir en Argentina una ideología y una política revolucionaria en la clase obrera.
Una de las tesis de la película es “que solamente la guerra popular prolongada puede conducirnos a la patria socialista”, y convoca a los “buenos peronistas a reflexionar” sobre Perón.
Avanzada la película, los debates en las reuniones de la oposición obrera se centran en cómo recuperar el sindicato y si hay que matar o no a los burócratas, un debate que cruzaba a las agrupaciones Montoneros y ERP.
Este debate crece y toma cuerpo al tiempo que se muestran el Cordobazo y el Viborazo (mayo de 1969 y marzo de 1971), dos ascensos de masas con centralidad obrera, que ponen en jaque al régimen militar y obligan a renunciar a los generales Onganía y Levingston.
Sin embargo, la lucha por la conquista de los sindicatos en el film, independientemente de ese ascenso obrero, queda supeditada a las acciones guerrilleras, a devolver los golpes durísimos de la burocracia “organizando el ejército revolucionario que va a reemplazar y defender los intereses de las clases desposeídas”.

El peronismo y la conciliación de clases
Sin hacer aquí un análisis profundo de las diferencias entre ambas agrupaciones políticas [1], que las hay, cabe recordar que tanto el PRT-ERP como Montoneros no sólo tuvieron una política ajena al movimiento de masas con sus métodos guerrilleros sino que en última instancia también coincidían en una estrategia frentepopulista: una alianza con sectores burgueses progresistas para llevar adelante la “liberación nacional” y la construcción de la “patria socialista”. La reflexión que abre el film, entonces, no sólo es sobre el esclarecimiento del rol de la burocracia y el peronismo, sino también sobre las tácticas guerrilleras que impulsaban el PRT-ERP y Montoneros en el seno de la clase obrera.
Para avanzar en esta reflexión es necesario encarar una discusión sobre estrategias, que implica (e implicaba) la construcción de un partido de trabajadores revolucionario independiente del peronismo y de todas sus alas, para desarrollar y superar al clasismo en el movimiento obrero, impulsar organismos de autodeterminación de las masas obreras y populares (como alentaban el Cordobazo, el Viborazo y más tarde en el ’75, las Coordinadoras interfabriles) así como políticas capaces de organizar la autodefensa obrera contra la burocracia y las bandas fascistas. Un partido de trabajadores revolucionario para la toma del poder.

[1] Para profundizar, recomendamos ver el libro “Insurgencia Obrera en la Argentina, 1969-1976 / Clasismo, coordinadoras interfabriles y estrategias de la izquierda”, de Ruth Werner y Facundo Aguirre (Ediciones IPS).


UN FINAL QUE NO SE PUDO CAMBIAR

Epílogo

En el marco de la muestra que organizó el DOCA, los compañeros de Contraimagen entrevistaron a Nerio Barberis, director de sonido y compañero de Raymundo Gleyzer en el Grupo Cine de la Base invitado especialmente, que reveló detalles sobre uno de los debates centrales que abre la película y se desarrolla en su final.
“Los Traidores -expresa Nerio Barberis- tiene una final construido a partir de las experiencias vividas en los ’70 con los burócratas sindicales, que habían sido muertos por las organizaciones que se reivindicaban revolucionarias en aquella época. Nosotros respetamos esa historia. Pero cuando empezamos a trabajar la película en la base obrera, para ayudar al trabajo sindical, empezó a generarse una contradicción.
Por un lado decíamos que había que recuperar los sindicatos desde abajo, desde adentro, con la participación obrera; y por el otro, la película mostraba que se mataba al sindicalista.
Muchos trabajadores, entonces, planteaban en los debates tras su proyección: ‘pero, ¿qué me están proponiendo, tengo que matar al sindicalista?...’ Entonces pensamos en agregarle a la película un epílogo, que debía mostrar que aunque Barrera había muerto, llegaba el segundo de Barrera en el sindicato y ocupaba su lugar, y todo seguía en la misma situación.
Por desgracia la llegada del golpe nos impidió esa posibilidad, y la desaparición de Raymundo terminó de impedirlo definitivamente”.

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