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Internacional

¿A dónde va la crisis económica mundial?

El Banco Mundial, que pocos días atrás mejoraba sus pronósticos para la economía mundial vaticinando una contracción de “sólo” el 1,7%, los corrigió a la baja, proyectando una caída del 2,9% para el año en curso.

Paula Bach

2 de julio 2009

Los alcances de la crisis

Para una interpretación certera del curso de los acontecimientos, en primer lugar se debe partir de los niveles alcanzados hasta hoy por la crisis económica mundial. Desde posiciones ideológicas muy distintas como las de Nouriel Roubini o Robert Brenner, se afirman elementos similares de caracterización. Según Roubini “el ritmo de la contracción económica en el último trimestre de 2008 y el primero de 2009 llegó casi a los niveles de la depresión”1 y, según Brenner “La crisis actual es la más seria de las recesiones de la posguerra”2. Veamos algunos ejemplos. Según evaluaciones de la OCDE, en el último trimestre de 2008 y en términos anualizados, la economía norteamericana se contrajo un 6,3%, un 6% la economía de la Unión Europea y un 15% la economía japonesa. Para el conjunto de la economía mundial, también en términos anualizados, la contracción alcanzó un 3% para el mismo trimestre. En el primer trimestre de 2009 el PBI norteamericano se contrajo un 5,7% en términos anualizados, el PBI industrial retrocedió en el mes de mayo un 1,1% lo que en términos anuales representa el 13,4% y el desempleo alcanzó en el mismo mes el 9,4% lo que significa la tasa de desempleo más alta en 25 años. La economía japonesa se contrajo en el primer trimestre del año un 4% lo que significa su mayor caída en medio siglo y representa en términos anualizados, una contracción del 16%. Recientemente en los 16 países que integran la Eurozona, el desempleo alcanzó al 9,2% de la población activa lo que representa su nivel más alto en 10 años. En el total de países que integran la Unión Europea, la pérdida de puestos de trabajo en los tres primeros meses del año fue de casi 2 millones y el PBI de los países de la zona del euro se redujo en 2,5% en los primeros tres meses del año, con respecto al trimestre anterior. La bolsa de valores de Wall Street acumuló hasta marzo del corriente año –en 17 meses-, un descenso de aproximadamente el 52% lo que significa una caída a mayor velocidad que aquella de la Gran Depresión período en el cual había acumulado en 4 años, un retroceso del 90%.

Breve comparación estadística con la crisis de los primeros años ’30

Los historiadores económicos Barry Eichengreen y Kevin H. O Rourke, en un artículo publicado el 12 de abril de 2009, señalan que para establecer una analogía en términos de indicadores entre la crisis actual y aquella de los primeros años ’30, resulta metodológicamente incorrecto referirse sólo a los datos de la economía norteamericana. Sugieren que debe realizarse una comparación en términos de la economía mundial y la efectúan a través de tres indicadores: el declive de la producción industrial mundial, el declive del comercio mundial y de los mercados de valores. Las comparaciones se realizan tomando el comportamiento de las variables mencionadas luego de los picos de producción industrial mundial de junio de 1929 y abril de 2008 y analizando los nueve meses posteriores para ambos períodos. Eichengreen y O Rourke concluyen que la caída de la producción industrial mundial en los períodos bajo análisis resulta similar, mientras la caída del comercio mundial y de los mercados mundiales de valores registran una caída mayor en el período actual que en el período posterior a 1929. Los autores remarcan no obstante la diferencia notoria que para el mismo período se visualiza respecto de otras variables tales como los tipos de interés de los bancos centrales, la oferta monetaria y los déficits fiscales. Denotando una acción del Estado cualitativamente más significativa en el período actual que en el período inmediato posterior a la crisis del ’29, señalan que los tipos de interés cayeron mucho más abruptamente ahora que en aquel momento y que del mismo modo, en el período actual, como resultado de políticas fiscales y monetarias mucho más activas, los déficits fiscales se expandieron de forma mucho más abrupta y la expansión monetaria fue mucho más veloz. Los autores concluyen entonces que si bien en el período considerado, los indicadores “automáticos” se desbarrancaron con la misma virulencia o peor que en los meses siguientes al crack del ’29, la acción de los Estados sobre la economía viene mostrándose hoy muy superior a aquella de los primeros momentos de la crisis del ’30. Teniendo en cuenta que se están comparando sólo los nueve primeros meses, los autores deducen que aún cuando la gravedad de la crisis es al menos similar, es de esperar que la acción del Estado impida que en los años venideros alcance la magnitud de aquella de los años ’30. He aquí el quid de la cuestión porque más allá de los pronósticos espasmódicos de expertos y organismos internacionales y teniendo en cuenta la magnitud y el carácter de las intervenciones estatales, se trata en nuestra opinión de intentar responder fundamentalmente dos preguntas. La primera es si el carácter de las intervenciones estatales masivas en curso puede atenuar la caída en el período próximo e incluso lograr algún nivel de recuperación económica. La segunda, es si posibles rebotes en el crecimiento de algunos países e incluso leves mejorías en los indicadores mundiales, pueden revertir los profundos aspectos estructurales abiertos por la crisis económica. A una primera interpretación de estos problemas dedicaremos los siguientes apartados del presente artículo.

Intervenciones estatales: ¿Síntomas de recuperación o “síntomas” de burbuja?

No cabe duda alguna que a diferencia de las políticas aplicadas por el presidente norteamericano Hoover entre 1929 y 1933, la intervención estatal masiva esta vez (aunque muy distinta aún de las medidas aplicadas por Roosevelt a partir del año 1933 como parte del New Deal), no se ha hecho esperar. Roubini contabiliza más de 150 intervenciones de política económica en el mundo durante los últimos nueve meses. Sólo por dar algunos ejemplos, vale la pena recordar los salvatajes a Fannie Mae y Freddie Mac, al ex número uno mundial de los seguros AIG, al Citigroup, al grupo de crédito automotor GMAC perteneciente a General Motors, a la propia General Motors y a Chrysler. Estas acciones por referirnos centralmente a las del gobierno norteamericano, fueron acompañadas por una abrupta disminución de la tasa de interés de referencia que se encuentra entre 0 y 0,25%. Las medidas de salvataje de los capitales “demasiado grandes para caer”, tildadas muchas veces de “socialistas” por la derecha republicana (aunque no, por supuesto, por los propietarios y directores de los capitales beneficiados) y que a través de la creación de deuda pública que en Estados Unidos es ya equivalente al 41,5% de su PBI (en Europa al 69,9% y en Japón al 135%)3, combinada con la abrupta reducción de la tasa de interés, las inyecciones masivas de dinero a través de la compra de bonos por parte del gobierno, contribuyeron sin duda a detener el derrumbe bursátil. Durante los últimos tres meses, el índice Dow Jones subió un 34%. Esta combinación de elementos junto a la poderosa propaganda del gobierno norteamericano y de los presidentes de los países europeos y los restantes miembros del G-20, generó una expectativa (léase “creencia”) de que la crisis estaba tocando fondo. Como señala el periodista E. S. Browning en The Wall Street Journal Americas “Parte de las compras realizadas desde principios de marzo se habían basado en la creencia por parte de muchos inversionistas de que la intervención de los gobiernos había eliminado la amenaza de un escenario catastrófico, como una depresión parecida a la de los años ’30. Eso llevó a muchos gestores de fondos a destinar el dinero que tenían en efectivo y bonos del Tesoro estadounidense a la compra de acciones, materias primas y bonos de empresas. En marzo, cuando comenzó el actual repunte, las expectativas eran tan bajas que las bolsas subieron ante las noticias de que indicadores como la actividad manufacturera o la economía de servicios estaban moderando su caída. Los inversionistas ni siquiera exigían ver signos reales de crecimiento. Muchas acciones se cotizaban a sus niveles más bajos en más de una década y cuando los inversionistas se acostumbraron a la idea de que estas compañías no iban a quebrar, sus acciones empezaron a parecer baratas.” Cuestión que los impulsó a comprar estimulando el nuevo ciclo alcista de la bolsa de los últimos tres meses así como el acelerado aumento en el precio de las materias primas como el petróleo que llegó a los 70 dólares, la soja que volvió a cotizar en alrededor de 450 dólares, entre otras. En medio de este clima general de reducción del pánico, el gobierno de Obama que unos meses atrás ya había permitido a los bancos mostrar sus activos a valor nominal y no al valor de mercado, lanzó un “quiero retruco” consistente en liberar a diez bancos del programa del alivio para activos en problemas denominado TARP. El gobierno habilitó a bancos como JPMorgan Chase, Goldman Sachs, Morgan Stanley y otros a “devolver” parte del dinero integrado por el Tesoro norteamericano. En realidad esta medida consiste en que los bancos en cuestión siguen subsidiados por el gobierno y el programa de garantía de liquidez temporario continúa su disposición. Pero quedan liberados de las normas del programa TARP con lo cual aparecen como ya “saneados” y por fuera del programa de asistencia. Con esta medida el gobierno de Obama apunta por un lado a morigerar las críticas republicanas, por otro a calmar el odio de la población norteamericana que observa atónita como el gobierno salva bancos, banqueros y directivos mientras el desempleo y la miseria no paran de incrementarse y por último permite que los bancos liberados del programa adopten una imagen más confiable pudiendo atraer los negocios de los que aún continúan dentro del programa. Dicho de otro modo, alienta una fabulosa concentración bancaria. Como señala J. Stiglitz, la situación acabará en un “sistema bancario menos competitivo, en que los grandes bancos que eran demasiado grandes como para caer se volverán todavía más grandes.”4 Este conjunto de factores estuvieron en la base del moderado optimismo de muchos economistas que comenzaron a hablar de “brotes verdes” que aparentemente se han marchitado antes de nacer. Como también señala Stiglitz “el valor actual de la mayoría de las acciones no hace más que reflejar una apuesta sobre un rescate del gobierno.”5 Nuestra hipótesis principal entonces en este aspecto es que al menos en el presente momento, no nos hallamos frente a una recuperación económica siquiera débil sino frente a una nueva y más riesgosa burbuja inflada con el aire de la deuda pública de los gobiernos de los países centrales y en particular del norteamericano. El crecimiento de los años ’90 estuvo acompañado de la hinchazón de una burbuja que se inflaba con el aire de las empresas punto com, y el crecimiento posterior a la crisis del 2001 se acompañó de una más gigantesca burbuja que se inflaba con del desarrollo de la industria inmobiliaria. En ambos períodos, el gran componente especulativo tenía apoyo sobre elementos de la economía real. Los actuales “síntomas” de burbuja parecerían no tener más sustento que lo que Marx denominó el más ficticio de los capitales ficticios por su carencia de contraparte real: la deuda pública.

Recuperaciones parciales y crisis estructural

Sin embargo, más allá de nuestra impresión respecto de la coyuntura actual, es necesario tener en cuenta que es altamente probable, que en el curso de la crisis estructural abierta en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers, se produzcan recuperaciones parciales. Dichas recuperaciones pueden estar apoyadas sobre burbujas especulativas o incluso, asociadas a determinados índices de recuperación de la economía real basados por ejemplo en procesos de concentración de capitales derivados de la misma crisis junto a mayores índices de explotación de la fuerza de trabajo asociados al paro que podrían generar condiciones de reestablecimiento parcial del crédito y las ganancias. Incluso, tampoco puede descartarse que de profundizarse la crisis y de combinarse con ascensos de masas significativos, el gobierno norteamericano (u otros) se vean obligados a encarar políticas de nacionalizaciones más contundentes (menos obscenamente asociadas al salvataje inmediato del capital financiero) y reeditar alguna variante de New Deal, intentando emular el plan aplicado por Roosvelt a partir del año 1933. Sin embargo, lo que se debe cuestionar es si recuperaciones parciales de menor o mayor tenor, sustentadas en políticas de este tipo serán capaces de cerrar las grandes grietas estructurales abiertas en el escenario de la crisis capitalista mundial. La fortaleza o debilidad de las recuperaciones, en caso de producirse, tampoco debería medirse sólo a través del prisma de los índices de producción. Trotsky señalaba en los años ’20 que la cuestión fundamental del desarrollo mundial de las fuerzas productivas no debía considerarse mediante el cálculo de los índices de producción sino observando los antagonismos económicos6. En la actualidad, para hablar de una verdadera recuperación económica o del fin de la crisis estructural abierta se debería observar no sólo una estabilización sino el reestablecimiento del equilibrio mundial que ha comenzado a quebrarse. La situación de la división mundial del trabajo que se expresa como determinadas relaciones comerciales entre los Estados capitalistas, el estado de la moneda mundial de reserva y la crítica situación del sistema bancario, son algunos de los factores que componen ese equilibrio. Respecto de la división internacional del trabajo lo que está desarticulándose es la relación mediante la cuál, Estados Unidos se había transformado en el gran “comprador del mundo” absorbiendo el exceso de ahorro de países exportadores como China, Japón y los países árabes. Esa relación perversa en la que la continuidad del poderío del dólar ha estado asociada al endeudamiento creciente norteamericano a muy baja tasa de interés, alimentado por países que devinieron grandes productores de mercancías pero que poseen mercados internos reducidos, constituye uno de los elementos claves de la forma particular que el equilibrio capitalista fue adoptando en el curso de los últimos 20 años. En este sentido, señala correctamente Roubini que “la reducción de los desequilibrios globales implica que los déficit en cuenta corriente de las economías derrochadoras (USA y otros países anglosajones) mermará los superávit de los países que ahorran en exceso (China y otros mercados emergentes, Alemania y Japón). Pero si la demanda interna no crece con la suficiente rapidez en los países con superávit, la resultante falta de demanda global en relación con la oferta –o de manera equivalente, el exceso de ahorro a nivel mundial en relación con el gasto de inversión conducirá a una recuperación más débil del crecimiento económico y la mayoría de las economías crecerán con mucho mayor lentitud de lo que potencialmente podrían hacerlo. Así pues, las hierbas amarillentas del estancamiento podrían sustituir a los retoños verdes de la estabilización si varios factores de mediano plazo limitan la capacidad de la economía mundial para recuperar el crecimiento sostenido. A menos que se solucionen esas debilidades estructurales, la economía global podría crecer en 2010-2011, pero a un ritmo anémico.”7 Y la “solución de las debilidades estructurales” no es cosa sencilla de resolver. Uno de los aspectos que debería reestablecerse es un sistema mundial interestatal que integre las especificidades productivas nacionales evitando las situaciones de sobreproducción y/o escasez permanente que se derivan de la ruptura de la integración y complementariedad que en situaciones de equilibrio aún parcial se establecen entre las distintas economías nacionales, aún con todas las características implicadas en el contexto del capitalismo imperialista signado entre otros aspectos por la cohabitación de Estados centrales imperialistas y países semicoloniales que determina condiciones particulares de la división internacional del trabajo. Es por ello que, el crecimiento del PBI en determinados países que por ejemplo logren aprovechar en su favor las condiciones mismas de la crisis, aunque podría permitir cierta estabilización, no sólo no reestablecería las condiciones del equilibrio sino que de mediar por ejemplo mayores tendencias proteccionistas, podría minar aún más sus bases.

Muy asociada a esta cuestión se halla también la situación del dólar como moneda de reserva mundial que es la expresión del estado de la hegemonía americana. Presentamos ya en 2008, en el Prólogo a “El capitalismo y sus crisis” (compilación de escritos de León Trotsky) una analogía entre la debilidad estructural de la libra esterlina en los años ’20 y aquella del dólar que comenzó a fines de la década del ’70. Mostramos en ese trabajo que, por regla general, los imperialismos pujantes resultan proveedores de capitales y que, en su decadencia, mantienen artificialmente la fortaleza de sus monedas a través del endeudamiento y la acumulación de desequilibrios en la balanza de pagos. En un artículo reciente y en un sentido similar, Roubini plantea que “tradicionalmente los imperios que tienen la moneda de reserva son acreedores externos y prestadores. Sin embargo, Estados Unidos se encuentra con un abultado déficit fiscal y comercial, y para financiarlo depende de la buena voluntad de países extranjeros (…)la situación del billete verde es similar a la que vivió la divisa británica cuando fue desplazada por el dólar durante la Segunda Guerra.”8 La cuestión del dólar que durante la primera fase de la crisis expresaba el aspecto contradictorio de que si bien Estados Unidos era el foco de la debacle, el dólar se apreciaba debido a que representaba a pesar de todo, un refugio de valor, se viene planteando como un problema cada vez más agudo. El acelerado endeudamiento norteamericano potenció la desconfianza en el dólar y en los bonos del Tesoro con lo cual la moneda americana ha venido devaluándose y aunque no de forma masiva, ya se produjeron algunas retiradas de reservas en yuanes y en yenes de la divisa y de los bonos del Tesoro estadounidenses. La puja de los BRIC’s (Brasil, Rusia, India y China) por un espacio de mayor peso para sus monedas sobre todo en el FMI y a través de acuerdos bilaterales, es un aspecto sintomático aunque, como ya hemos explicado en otros trabajos, las monedas de estos países no están en condiciones, ni mucho menos, de reemplazar al dólar como tampoco China está en condiciones de reemplazar la hegemonía norteamericana. La zona del euro por su parte está sufriendo la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial con una contracción de su PBI a un ritmo mucho mayor que Estados Unidos. Las medidas fiscales han resultado hasta ahora incluso menos efectivas que en Norteamérica como consecuencia de las divergencias internas entre los países que integran la zona euro y en particular por las fuertes tensiones entre Alemania y Francia. El Banco Central Europeo acaba de colocar mediante una subasta en la que participaron 1.121 bancos, la suma de 620.000 millones de dólares (cifra sin precedentes desde que estalló la crisis) para intentar reactivar la concesión de créditos a largo plazo. Este aspecto es expresión del tercer problema planteado, el del “saneamiento” de los bancos. Hasta ahora ni la disminución de las tasas de interés de referencia en los principales países, ni los salvatajes bancarios, han contribuido al reestablecimiento de la cadena de crédito entre otras cuestiones porque no existió un saneamiento de las malas deudas (activos tóxicos) sino sólo medidas para evitar la quiebra de las grandes instituciones. Como plantea Stiglitz, “La administración Obama ha introducido un nuevo concepto: “demasiado grande como para ser reestructurado financieramente”9. Pero también porque el relativo sinceramiento de los valores que instaló el estallido de la burbuja inmobiliaria puso de manifiesto las condiciones más reales de la rentabilidad además de actuar deprimiendo tanto la oferta como la demanda. Para que se reestablezcan las condiciones del crédito no sólo es necesario que los bancos estén dispuestos a otorgarlo sino que también es preciso que alguien quiera tomarlo.

Estos son sólo algunos de los grandes problemas estructurales que enfrenta la economía capitalista mundial. Es muy probable que en el período próximo, las debilidades de la integración de la división mundial del trabajo, la debilidad del dólar y la puja de otras monedas como el yuan por ocupar un lugar más destacado en la arena mundial, las grandes presiones interestatales a las que se encuentra sometido el euro (además de las serias crisis financieras de países de Europa del Este que amenazan seriamente su estabilidad, como es el caso hoy de Letonia), la ausencia de saneamiento bancario y las posibles burbujas que de ello puedan derivarse, contribuyan a profundizar las inestabilidades mundiales en la economía así como las contradicciones entre las principales potencias y países del globo. La solución de estas grandes fallas estructurales, más allá de posibles recuperaciones parciales, quedará sujeta a nuevas grandes convulsiones que se jugarán no sólo en el terreno de la economía sino en el de los grandes eventos políticos que por supuesto incluyen como un actor principal, la lucha entre las clases.

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