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Internacional

DESPUES DE LA APROBACIÓN DEL PAQUETE DE AUSTERIDAD

¿Cuáles son las perspectivas de Grecia y la Unión Europea?

El pasado miércoles 29 de junio, el parlamento griego aprobó el paquete quinquenal de recortes y aumentos de impuestos, condición que habían exigido la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional para liberar la entrega de 12 mil millones de euros correspondiente al paquete de rescate del año pasado.

Juan Chingo

7 de julio 2011

¿Cuáles son las perspectivas de Grecia y la Unión Europea?

El pasado miércoles 29 de junio, el parlamento griego aprobó el paquete quinquenal de recortes y aumentos de impuestos, condición que habían exigido la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional para liberar la entrega de 12 mil millones de euros correspondiente al paquete de rescate del año pasado. Con esta votación, Grecia ha escapado en lo inmediato (¿por el verano boreal?) al peligro de un default de su deuda soberana y la consiguiente debacle financiera y económica. Pero este costoso triunfo del gobierno del PASOK puede ser de corta duración: en los próximos meses deberá tomar una serie de decisiones y se verá sometido a fuertes tensiones que auguran la perspectiva de una fuerte crisis política y una creciente probabilidad de default.

Un avance semicolonial sin precedentes

El programa de ajuste para los próximos cuatro años -el segundo que el gobierno griego presenta desde mayo de 2010- prevé ingresos fiscales por 28.400 millones de euros y eventualmente otros 50.000 millones más por la privatización de empresas del Estado. Además, implica un drástico recorte en el sector público, con la desaparición de alrededor de 150.000 empleos de los 700.000 existentes, la supresión de diversas prestaciones sociales, la reducción del gasto en sanidad y en inversiones públicas. Con respecto a las medidas fiscales, se les exige a los griegos pagar este año 2.300 millones más en impuestos (en 2012 el mazazo será mayor, con un incremento de 3.380 millones), la imposición de un “impuesto solidario”, y la suba del IVA, entre otras medidas.

Junto con este ajuste inédito y draconiano, no visto en Europa Occidental desde la crisis de los años 1930, las medidas de la “troika” UE/FMI/BCE (Banco Central Europeo) implican una pérdida de atributos de la soberanía griega. Los inspectores del FMI y la Unión Europea visitan el país de forma regular, examinan los registros y dictan la política. De acuerdo con el nuevo plan, los emisarios extranjeros serán asignados a los ministerios principales y administrarán las empresas que privatizarán la riqueza pública. Es decir un salto en la semicolonizacion de una economía capitalista madura al interior de la UE. Esto es lo que dijo sin tapujos, el presidente del eurogrupo, Jean-Claude Juncker, luego de la aprobación del quinto tramo del plan de rescate a Grecia: “La soberanía de Grecia será enormemente limitada (…) Grecia debe privatizar en una escala similar a la liquidación de las empresas de Alemania Oriental en la década de 1990.” Los inversores se preparan para quedarse con los activos griegos a precio de remate, aunque exigirán aún más beneficios dada la perspectiva de quiebra. Incluso franjas de la célebre costa griega y sus islas podrían ser rematadas al mejor postor, como planteaban con sarcasmo diarios sensacionalistas alemanes, si esta política semicolonizadora, que cuenta con el aval del gobierno y la burguesía griega, sigue avanzando.

Dificultades económicas y políticas para un plan Brady europeo

Pero a pesar de la entrega del patrimonio griego que el plan votado por el parlamento significa, la situación de Grecia y de la misma eurozona está lejos de resolverse.

Frente a esta realidad, crecientemente, sectores como el Financial Times, diario de la burguesía financiera de la City de Londres, abogan por una solución más radical. En la editorial del 4/7 se pronuncian categóricamente por “Un Plan Brady para finalizar la crisis europea” (“A Brady plan to end Europe’s crisis”, Financial Times, 3/7). Allí se plantea que: “El Gobierno griego aprobó un nuevo plan de austeridad, pero después de erosionar la poca confianza que aún disfruta en casa y en el extranjero. La zona euro debe dejar de poner a sus pueblos, las economías y los mercados financieros a merced de arreglos de última hora. La Unión Monetaria necesita ahora una solución ambiciosa y global: debe comprometerse con un plan Brady para Europa. Un canje de deuda con garantías, sobre la base de la política que puso fin a la crisis latinoamericana de la deuda, es la mejor opción”.

En la década de 1980, América Latina sufrió un grave problema de deuda soberana que puso en peligro al sistema financiero de Estados Unidos, del que finalmente salió a fines de la década en términos burgueses a través del llamado Plan Brady, en referencia al nombre del secretario del tesoro norteamericano de aquel entonces. En este plan, la deuda bancaria se convirtió en bonos negociables (bonos Brady), que contaban con el respaldo del Tesoro estadounidense, lo que le daba seguridad a los inversores. Los países deudores se comprometieron a realizar una serie de reformas económicas conocidas como el “consenso de Washington”.

Como resultado de la aplicación del plan, la carga de deuda siguió siendo formidable, pero se evitó la quiebra de la banca norteamericana. Los países de la región pudieron nuevamente financiarse en el mercado de capitales internacional, al precio de aplicar medidas conservadoras que caracterizaron la década de los ’90, con una oleada de privatizaciones sin precedentes y un ataque en regla a las conquistas de los trabajadores logradas en la época del llamado modelo de “sustitución de importaciones”.
Sin embargo, una salida como esta encuentra aún en Europa muchos obstáculos políticos y económicos y es resistida por los países más poderosos de la UE, en especial Alemania. En el plano de la política interna de los estados afectados, como Grecia, es visto como una imposición al servicio de salvar a los banqueros europeos.

En términos económicos, aunque durante los últimos meses especialmente los bancos alemanes vienen reduciendo su porción de bonos de la deuda griega, aún podría ser demasiado prematuro para que el sistema bancario europeo pueda absorber una salida de este tipo. Esto es lo que sugiere el editor para América Latina del Financial Times comparándolo con el momento de la aplicación del Plan Brady: “El total de deuda griega, irlandesa, portuguesa, española e italiana con bancos europeos es de casi 1,8 billones de euros. Con lo que la exposición de estas entidades a deuda de la eurozona potencialmente con problemas de recupero podría ser de alrededor del doble de su capital, lo que es comparable a lo que ocurría con los bancos de EE.UU. en la crisis latinoamericana” (“Eurozone can learn grim Latin lessons”, Financial Times, 21/12/10). Por eso, frente a esta situación los sucesivos planes aprobados tratan de ir socializando las acreencias de los tenedores de bonos, comprando tiempo para los bancos.
Es así que en 2009 el grueso de la deuda griega estaba en manos privadas. Hoy el 37% está en posesión de instituciones públicas, como el BCE y el FMI. Con cada tramo del rescate europeo va disminuyendo el peso de la deuda de bancos, cajas y fondos privados, y aumenta la parte sostenida por instituciones públicas europeas. Algunos analistas calculan que para 2015 esa parte habrá aumentado a un 56%, mientras que los bancos sólo tendrán un 8% y las aseguradoras privadas un 11%. Lo mismo podemos decir de las dos propuestas en danza para la deuda griega: el plan alemán de involucrar al sector financiero en la factura del rescate ideado por el Deutsche Bank, el principal banco privado del país, que no implica ningún desembolso; y la propuesta de la Federación Bancaria Francesa, que pone el eje en que los bancos se comprometan a mantener la deuda hasta el vencimiento (julio 2011 - julio 2014), cuando recibirán el 100% en efectivo. A cambio, deben reinvertir el 70% de lo cobrado en deuda griega, que independientemente de los títulos anteriores será a 30 años. A su vez, se le exige a Grecia que utilice parte de lo recibido (un 30%) como garantía del principal de la deuda a 30 años. De esta manera los acreedores, verían su patrimonio protegido por el 30% que se reembolsan y es de uso libre y por el colateral que comprará el estado griego mediante un instrumento financiero (el SPV), que puede generar eventualmente una ganancia y en el peor de los casos una leve pérdida. Ninguna de las propuestas discute una reestructuración de la carga de la deuda ni menos aún cierto relajamiento de la austeridad para los países deudores que les permita un cierto crecimiento para volver a ser solventes. Según el FMI, Grecia pagará 131.000 millones de euros por la refinanciación e intereses entre 2009 y 2014, mucho más de lo que supone el préstamo de rescate inicial de 110.000 millones de euros.
Por último, a diferencia de EE.UU. y su patio trasero latinoamericano en aquel entonces, Alemania por el momento no se muestra favorable a una salida de este tipo.

Fisuras en las bases políticas y geopolíticas del euro y de la UE

A pesar de que Europa de conjunto no sufre los desequilibrios agudos y estructurales de la economía norteamericana, el principal epicentro de la actual crisis histórica del capitalismo mundial, la capacidad de la Unión Europea de actuar y reaccionar frente a circunstancias de crisis como las actuales es mucho menor. Como ya hemos explicado en otros artículos, esto se debe a las contradicciones inherentes al proceso de construcción europea de la mano de la burguesía imperialista, exacerbadas por el lanzamiento del euro que amplió las bases de la integración económica sin avanzar a la vez en la integración política o hacia un estado supranacional, lo que la crisis actual ha puesto en evidencia.

Este proceso de integración está empezando a mostrar fisuras que, de ampliarse, podrían llevar a un quiebre del logro más avanzado de la burguesía europea. Es que junto a las contradicciones económicas -en particular entre los países de la periferia de la eurozona y el núcleo duro, de Alemania, Holanda con Francia jugando una posición intermediaria-, las bases políticas y geopolíticas que dieron sustento al lanzamiento del euro y el desarrollo de la UE están cambiando.

La reunificación imperialista alemana de 1990 dio lugar a un periodo dinámico de cambio geopolítico en el terreno europeo, comparable quizá con lo que significó, en su momento, la unificación alemana bajo Bismark en 1871. Conjuntamente con esto, se dan otros fenómenos, como el debilitamiento de la OTAN luego de la desaparición de la URSS, que era lo que mantenía su cohesión. Esto se vio en el desinterés europeo en la fracasada estabilización de Afganistán o en las diferencias surgidas en torno a la operación en Libia, impulsada fundamentalmente por Francia e Inglaterra. Otra tendencia es hacia la regionalización de las alianzas de seguridad, definidas en torno de la relación con Rusia, propiciada por Alemania y Francia, pero resistida por países como Polonia y los países Bálticos.

El debilitamiento de los lazos políticos y geopolíticos que llevaron a la creación de la UE, pueden conducir a su disolución. Como dice la agencia Stratfor: “La regionalización de la seguridad de Europa no es una buena señal para el futuro de la zona euro. Una unión monetaria no puede ser injertada en una desunión en términos de seguridad, sobre todo si la solución a la crisis de la eurozona se convierte en una mayor integración. Varsovia no le va a dar poder de veto a Berlín sobre su gasto en el presupuesto si los dos no están de acuerdo sobre qué constituye una amenaza a la seguridad” (“The Divided States of Europe”, Stratfor 28/6). El hecho de que para Alemania sea más importante mantener sus relaciones con el centro de la UE y Europa central, que ha servido de base para la relocalización de empresas alemanas, que con países periféricos como España, la puede llevar a optar por una salida regional.

Todas estas contradicciones de largo alcance se están expresando en la actual crisis, especialmente en la indecisión de Alemania de avanzar en resolver los desequilibrios entre el norte y el sur de Europa. Aunque ningún gobierno europeo tiene interés en un descalabro de la UE en el medio de la crisis (como muestran los acuerdos de último momento a que se llegan y la flexibilidad del BCE, que incluso podría llegar a imprimir moneda frente a un posible default y contagio continental y mundial), las reticencias alemanas son una muestra de sus dudas a más largo plazo sobre su rol en la actual UE.

La alternativa a la regionalización podría ser una UE bajo la férula alemana. Pero esta variante es costosa teniendo en cuenta que el continente estuvo atravesado históricamente por nacionalismos que se han exacerbado frente a la actual crisis. Además, Alemania también tendría un precio a pagar. Como dice la agencia de seguridad citada más arriba: “La alternativa a la regionalización en Europa es un claro liderazgo alemán que asegura - económica y políticamente- una mayor integración europea. Si Berlín puede superar el populismo anti-euro, que se alimenta de la fatiga de rescate en el núcleo de la zona euro, podría seguir apoyando a la periferia y demostrar su compromiso con la zona euro y la Unión Europea… La pregunta es si Alemania se toma en serio ser líder de Europa y pagar el precio de ser la potencia hegemónica de una Europa unida, que no solo significaría rescates financieros, sino también enfrentarse a Rusia” (Ídem). Esta es la condición sine qua non que exigirían los países de Europa central. Por eso, la resolución de la cuestión alemana tiene una importancia fundamental para el destino de la UE.

Hacia acontecimientos y enfrentamientos de clase mayores

El otro gran test que debe pasar la UE es la creciente resistencia obrera y popular a sus planes de austeridad, que augura enfrentamientos de clase mayores y que complicarán, como ya muestra Grecia, todo plan burgués de salida a la crisis. Los constantes enfrentamientos y violencia en Grecia, el surgimiento de los indignados en el Estado español, el otoño francés de 2010 que estuvo al borde de la huelga general y los vientos de cambios revolucionarios que llegan del norte de África, la posibilidad de que se abran situaciones prerrevolucionarias en países imperialistas empieza a cobrar cuerpo. Es lo que comienzan a predecir periodistas lúcidos, como Rafael Poch de Feliu, que plantea que “La actual política europea apunta a desmantelar las conquistas y logros de medio siglo... Estamos en los primeros compases de una reacción, conservadora y catastrófica, de ámbito europeo. No creo que los europeos sean tan mansos como los rusos de los años noventa. Con su próximo gobierno postfranquista de mayoría absoluta y sus indignados, que han venido para quedarse, España podría ser un escenario central… Nos esperan grandes acontecimientos” (La Vanguardia, 1/7).

Pero a no engañarse que esta será la perspectiva solo en los países más expuestos hoy en día a la crisis. Una situación difícil también les espera a países como Francia después de las presidenciales de 2012. Esto es lo que dice el editorialista del diario del capital financiero Les Echos, Eric Le Boucher. Plantea que el nuevo presidente más allá de la demagogia u ocultamiento deliberado actual “no podrá proponer otra cosa a su pueblo que sangre y lágrimas”, especificando que “…para reducir el déficit inevitablemente debe recortar las pensiones, los reembolsos por enfermedad, las asignaciones familiares, las prestaciones por desempleo, los mínimos sociales. También debe decidir sobre el personal de las instituciones estatales y territoriales. También, deberá inevitablemente, aumentar los impuestos” (“Du sang et des larmes”, Les Echos, 1/7).

Cualquier ataque de magnitud como los que se preparan puede despertar de nuevo al proletariado y la juventud francesa, quienes ha seguido luchando pero de forma invisible después de octubre y noviembre pasados, como muestran las 777 huelgas que se contabilizan entre febrero y junio de este año (Ver: “France: un vaste mouvement de gréves invisibles” en www.ccr4.org). Esto desmiente el escepticismo de la izquierda y extrema izquierda que han hecho lo posible para evitar toda continuidad con la grandiosa lucha contra la contrarreforma de las jubilaciones.

Dicho de otra manera, todos los elementos constitutivos de la primera fase de la década de 1930 están hoy presentes: la crisis económica, el desastre social, el crecimiento del populismo y la extrema derecha, la respuesta de masas aun más retrasadas con respecto a la magnitud de los ataques, el espectro de la xenofobia, el nacionalismo, el proteccionismo. Tiempos de actualización creciente de la revolución y la contrarrevolución. Los revolucionarios nos preparamos para intervenir en esos acontecimientos.


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