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Dos santos para el espanto

Solo la astucia de un jesuita podría haber concebido este gran operativo político para renovar la imagen de una Iglesia que hasta hace 14 meses se hallaba sumida en una de las más grandes crisis de su historia. El “día de los cuatro papas” resultó un “baño de multitudes” marketinero.

Dos santos para el espanto
2 de mayo 2014

Solo la astucia de un jesuita podría haber concebido este gran operativo político para renovar la imagen de una Iglesia que hasta hace 14 meses se hallaba sumida en una de las más grandes crisis de su historia. El “día de los cuatro papas” resultó un “baño de multitudes” marketinero. Como estrellas de rock en un video clip, Juan Pablo II (Karol Wojtyla) y Juan XXIII (Angelo Roncalli) fueron canonizados por el papa Francisco, reproduciendo las imágenes en 19 pantallas gigantes, transmitidas a su vez por las televisoras de todos los países. Rompiendo el protocolo, Francisco posó para las selfies junto a delegaciones de 24 jefes de Estado y 10 primeros ministros que no querían perder la instantánea. Los medios difundieron que “la conjunción de esas dos figuras es un mensaje en sí mismo, por la conexión de ambos papas con el Concilio Vaticano II. Juan XXIII fue el padre del Concilio… Wojtyla se alineó detrás del Concilio y consideraba su pontificado como una asimilación creativa de aquél” (La Nación, 28/04). Una falacia insostenible. Wojtyla y su continuador Joseph Ratzinger (quien fuera prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe y más tarde el papa Benedicto XVI) persiguieron a los partidarios de la Teología de la Liberación (corriente alumbrada en ese Concilio) muchos de los cuales fueron asesinados por las dictaduras militares que imperaban en América Latina, bajo el silencio cómplice del Vaticano. En realidad, apelando a la santificación de ambos papas, Bergoglio se propone fortalecer de conjunto a la Iglesia, cerrando las divisiones entre el ala conservadora, referenciada con Juan Pablo II, y el ala reformista que reivindica el legado conciliar de Juan XXIII. Desde el primer momento de su empoderamiento, Francisco emprendió el timón para restaurar la autoridad moral de la Iglesia, severamente cuestionada tras los escándalos de abuso sexual en más de veinte países, la proliferación de desaguisados de corrupción en el IOR (el banco del Vaticano) y las revelaciones del llamado VatiLeaks, una braza ardiente que terminó por sepultar el pontificado de Benedicto XVI.

Anticomunista visceral y complaciente de las dictaduras militares

En la homilía, Francisco definió a Juan Pablo II como “el papa de la familia”, aludiendo al sínodo sobre temas de familia que tendrá lugar en octubre próximo, donde ya adelantó las mismas posiciones de Wojtyla, que defienden la indisolubilidad del matrimonio cristiano, la negación de los sacramentos a los divorciados y la condena a los métodos anticonceptivos y el derecho al aborto. Este defensor de la familia fue el principal encubridor de miles de sacerdotes abusadores, tolerando inclusive las más brutales aberraciones del cura Marcial Maciel, mandamás de la orden de los Legionarios de Cristo, un violador serial con dos mujeres y tres hijos que manejaba fondos millonarios. Ante las quejas reiteradas, Wojtyla implemento una política de desplazamientos a casas de retiro para salvaguardar a los curas violadores, cuyas denuncias terminaban cajoneadas en las oficinas de las autoridades que regían el Código Canónico.

En su consagración como santo participó el ex líder polaco Lech Walessa, el que junto a Wojtyla conformó un tándem político para desactivar el proceso revolucionario de Polonia en 1981 alrededor del sindicato Solidaridad que concentraba a 10 millones de trabajadores. No por nada fue seleccionado papa, pues fue un hombre clave para lanzar la restauración capitalista en Europa del Este. Anticomunista visceral y complaciente con las dictaduras militares de Latinoamérica, Wojtyla fue un hombre clave asociado a la primer ministro de Inglaterra Margareth Thatcher y al presidente de EE.UU. Ronald Reagan, el trípode artífice de la ofensiva neoliberal, basada en el programa del Consenso de Washington. El papa “viajero” inauguró esa ofensiva imperialista, bendiciendo la derrota argentina en la guerra de Malvinas que abrió esa oleada contrarrevolucionaria a escala internacional.

Protector de los amigos del fascismo

Juan XXIII, alias el “papa bueno”, desempeñó un papel muy importante en la Europa de post guerra para encubrir la colaboración del Vaticano con la Italia fascista de Mussolini y la Alemania nazi de Hitler. A sabiendas de sus grandes habilidades políticas, el papa Pío XII (recordado como el papa “nazi”) envió a Roncalli en calidad de nuncio e Paris en 1944, cuando las tropas de ocupación alemanas comenzaban a retirarse. Presionado por las grandes masas, el general De Gaulle se vio obligado a sostener la remoción de toda la cúpula eclesiástica, colaboracionista con el régimen fascista de la República de Vichy bajo el mando del mariscal Petain. Sin embargo, gracias a las dotes diplomáticas de Roncalli, la Iglesia permaneció impune en toda Europa, a pesar de la infinidad de evidencias.

Ya nombrado papa, en 1962 convocó el Concilio Vaticano II con la finalidad de aggiornar las estructuras de la curia, a partir del ecumenismo y el diálogo con otras religiones, la descentralización del verticalismo vaticano en instituciones colegiadas como los sínodos (asambleas de obispos), la sustitución de la misas en latín por el idioma local y los llamados a la paz entre los pueblos en la encíclica Pacem in terris. De ese modo, creó una instancia para conjurar los bríos de los movimientos de descolonización en África y Asia, así como los efectos de la revolución cubana en América Latina, con la finalidad de contener la radicalización de una franja de fieles que hacían suya la “opción por los pobres” y abrazaban el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.

Un nuevo equilibrio

La canonización express de estos dos “santos” sirve a la política pragmática de Bergoglio para sintetizar un nuevo equilibrio entre la ortodoxia del dogma y la “sensibilidad social”, inverso al que sostenía Benedicto XVI circunscripto al dogma sobre una minoría activa y homogénea de católicos. En la célebre entrevista realizada por la revista jesuita Civiltá Católica, Francisco señaló que “la Iglesia es como un hospital de campaña tras una batalla” para “curar heridas, y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad... No podemos insistir sólo sobre las cuestiones vinculadas con el aborto, el matrimonio homosexual y el uso de métodos anticonceptivos… Tenemos que encontrar un equilibrio porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia corre peligro de caer como un castillo de naipes”. De ese modo, interesadamente antepone los gestos de “misericordia” por sobre el acento en el “pecado” y el dogma sacramental (desde ya sin renunciar un ápice) para congraciarse con cientos de millones de ex fieles alejados de esa institución archi reaccionaria, refractaria a la tendencia a la secularización de la vida, producto del desarrollo de las ciencias inherente al sistema capitalista. Despojado del boato y la opulencia propia a la aristocracia vaticana, Bergoglio apunta a recrear la Iglesia como una gran mediación ideológica para sacar a las masas de las calles y meterlas nuevamente en los templos, ante las consecuencias de la crisis económica internacional en curso. El establishment internacional y los grandes capitalistas indudablemente apuestan sus fichas en esa dirección.

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