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El acuerdo con China y las presiones devaluacionistas

El Banco Central argentino (BCRA) firmó un acuerdo con el de China, que consiste básicamente en un intercambio (swap) de divisas; cada entidad se compromete a actuar como prestamista en última instancia de la otra. La línea otorgada por China equivale a los U$S 10.200 millones.

Esteban Mercatante

2 de abril 2009

El Banco Central argentino (BCRA) firmó un acuerdo con el de China, que consiste básicamente en un intercambio (swap) de divisas; cada entidad se compromete a actuar como prestamista en última instancia de la otra. La línea otorgada por China equivale a los U$S 10.200 millones.
Esta medida busca mostrar la capacidad para sostener en lo inmediato la política de movimiento lento en la cotización del dólar, y así desanimar la acelerada presión a su suba. Este subió un 7,5% desde enero. Todo indica que esta tendencia se profundizará de cara a las elecciones y que después de junio se viene una depreciación brusca. Frenkel, economista pro-devaluación, señala que “hay buenas razones para esperar un aumento importante del tipo de cambio [ya que] se apreció un 20% desde comienzos de 2007”1. Para los que coinciden con este pronóstico, resta ver si esta devaluación será controlada, o si será en el medio de una fuga acelerada de dólares y corrida, lo que depende mucho del desempeño electoral del gobierno, aunque el adelantamiento de las elecciones “refirmó las expectativas de devaluación después de las elecciones” y desbarató “el equilibrio precario de los mercados financiero y cambiario y motivará la huida a dólares en los próximos meses”2.

Aunque el BCRA declara casi U$S 47.000 millones de reservas para afrontar las presiones, viene dando señales de que el panorama es difícil. El desplome de las exportaciones, la renuencia de los exportadores de granos a liquidarlos, la necesidad de dólares para la deuda pública y privada, la salida de los depositantes del sistema financiero que se pasan a dólares y la presión de los especuladores, son múltiples frentes que hacen cada vez más difícil la estrategia gradualista de Martín Redrado.

Nuevos “cuentos chinos”

El acuerdo presentado con China pretende ser una señal de fortaleza que aumenta el poder de fuego del BCRA, y mostrar que el país puede acceder a líneas de crédito internacionales, algo que no sucede hace años salvo por el financiamiento del gobierno venezolano, que se fue haciendo más costoso y terminó en el bochorno de un desplome de los bonos argentinos por el apuro de Chávez por colocarlos entre los bancos privados. Además, a pocos días de la cumbre del G20, el gobierno envía una señal de que no necesita con urgencia un crédito del FMI, y que no lo solicitará si las reformas del organismo no son profundas. Así, buscan presionar al G7 y los organismos multilaterales para negociar créditos.

En realidad, estamos ante otro “cuento chino”. Este swap sólo libera la necesidad de usar dólares para afrontar obligaciones generadas en yuanes, y no amplía los recursos en dólares. Argentina sólo usa yuanes para las importaciones que vienen de China. Para el BCRA es importante limitar la salida de dólares por compras a China, ya que si hasta hace unos años el comercio con ese país era favorable, el saldo se revirtió en 2008: las importaciones de China alcanzaron los U$S 7.144 millones y superaron en 537 millones al nivel de exportaciones argentinas a dicho país. Aunque cualquier factor que contribuya a liberar la presión sobre el dólar es en este momento bienvenido por el BCRA, la contribución que hace es bastante limitada.

Pero sobre todo, el acuerdo reconoce una situación de precariedad a mediano plazo. Países que han requerido este tipo de canjes, como Brasil, México, Turquía y Singapur con el departamento del tesoro norteamericano, lo hicieron golpeados por la crisis y afrontando una acelerada salida de capitales. Aunque el país no está en esa situación, se desnuda las debilidades de una de las principales armas que mostraba el gobierno (las reservas para enfrentar a los especuladores).
Este acuerdo ya generó opiniones poco favorables en el empresariado local, cada vez más distanciado del gobierno. Es que mientras éste viene presionando por medidas que lo amuralle frente a las importaciones, en especial las de China, este acuerdo garantiza los recursos para seguir comprándo a ese país. Pero no sólo eso: este gesto del gobierno chino habilita una presión creciente para que el gobierno no aplique nuevas trabas al comercio bilateral. Por eso, aunque la UIA reaccionó con cautela, ya ha convocado a Redrado a dar explicaciones, mientras que la Federación Argentina de la Industria de la Madera se mantiene atenta “a todo aquello que pudiera beneficiar la presencia de productos asiáticos en el mercado doméstico”3.

La “receta” de la burguesía frente a la crisis: devaluar para desplomar los salarios

Los industriales vienen argumentando desde 2008 que hay que devaluar y que hoy el tipo de cambio está apreciado. Pero ¿realmente el peso está sobrevaluado hoy? Según Bein “el tipo de cambio real bilateral con Brasil es el doble del que regía al final de la convertibilidad, y el tipo de cambio real multilateral es un 60% superior al vigente entonces”4. Aunque hay economistas que señalan lo contrario, ninguno se apoya en bases muy científicas sino en la defensa de intereses de algún sector burgués. El argumento con el que machacan los industriales para devaluar tiene poco sustento. Los empresarios no se meten en este sutil debate, sino que aspiran a que la devaluación haga caer los salarios en dólares. Es que aunque estos son hoy “un 15% más bajos que en 2001”5, la burguesía pretende blindar sus ganancias frente a la crisis deprimiéndolos aún más. Una devaluación del peso a $4,5 por dólar, llevaría a que los costos laborales pasen a ser 45% inferiores a los de 2001.

La devaluación no sólo es planteada por los industriales. El agro y los grandes exportadores de granos también la impulsan, ya que aumentarían la rentabilidad. Los costos en pesos se deprimirían, los ingresos en dólares no se verían afectados y los mismos dólares equivaldrían a más pesos. La devaluación, con el consiguiente aumento de la rentabilidad, daría margen para que los industriales acompañen el reclamo de baja de retenciones.

No es éste, sin embargo, un programa para evitar la caída económica. Un peso más depreciado puede a lo sumo limitar las importaciones. Pero no van a recuperarse las exportaciones automotrices, ni las de productos químicos, plásticos y materiales eléctricos, que tienen como destino privilegiado países muy golpeados por la crisis. Tampoco aumentará las exportaciones de granos. Si en 2002, el mazazo recibido por los trabajadores con la devaluación (que hizo caer los costos salariales en un 60%) coincidió con una coyuntura internacional favorable y permitió el lanzamiento del ciclo de crecimiento a tasas del 9% anual, el mazazo que preparan ahora, en medio de la contracción del mercado mundial, no sólo implicará una nueva caída en picada del poder adquisitivo de los trabajadores, sino cientos de miles de despidos, que se sumarán a los que ya se están produciendo desde el año pasado. La burguesía argentina no tiene programa para enfrentar la crisis, pero sí para empezar a transferir sus costos a los trabajadores.
Tanto el kirchnerismo como los distintos sectores burgueses aguardan la definición electoral para reformular el esquema establecido en 2002. No los separa el mazazo a dar a la clase trabajadora vía devaluación, sino a lo sumo su magnitud y sus tiempos.

Para enfrentar la “salida” burguesa, es necesario imponer: frente a las amenazas de despidos y cierres, reparto de las horas de trabajo y un salario acorde a la canasta familiar en detrimento de las ganancias capitalistas; control obrero y expropiación sin indemnizaciones a los empresarios vaciadores; planes de obras públicas que respondan a las necesidades sociales y no a la voracidad de los empresarios; nacionalización de la banca, monopolio estatal del comercio exterior bajo control de los trabajadores y expropiación de los grandes terratenientes y el capital agrario.

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