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Crisis economica

La crisis amenaza al sistema financiero de EE.UU.

Ya no caben dudas que EE.UU atraviesa la mayor crisis financiera desde la Segunda Guerra Mundial, que ya ha provocado el colapso del quinto banco de inversión estadounidense (Bear Stearns), y colocado a la mayor economía del sistema mundial en lo que podría ser su peor recesión en 30 años. Las repercusiones de estos acontecimientos han hundido los mercados bursátiles en el mundo entero. A la vez, han obligado a la Reserva Federal norteamericana (FED, por sus siglas en inglés) a realizar la más audaz y comprometida intervención en los mercados financieros desde la crisis del ‘30.

Juan Chingo

27 de marzo 2008

El sistema financiero al borde del colapso

La combinación de la brutal caída del precio de las viviendas y la implosión del mercado de créditos (sequía crediticia) no sólo preanuncia una fuerte recesión en EE.UU., más importante aún, puede hacer colapsar al conjunto de su sistema financiero. Este último peligro es lo que explican las medidas excepcionales de la FED.

Es que contrariamente a lo que se cree, la crisis de la bolsa de 1929 no fue el momento definitorio de la Gran Depresión. Lo que era una recesión común se transformó en una depresión a causa de las corridas bancarias que inundaron EE.UU. entre 1930 y 1931. Estas corridas que se desencadenaron se fueron propagando, a la vez que los bancos que sobrevivían trataban de reunir efectivo mediante la toma de préstamos, generándose un círculo vicioso en el que las corridas bancarias ocasionaron una contracción crediticia que derivó en más derrumbes empresarios. El corolario: la peor contracción del PBN en toda su historia. Con este precedente catastrófico rondando sobre sus cabezas, el presidente de la FED, Ben Bernanke, utilizó la bautizada “opción nuclear”1. El rescate de Bear Stearns, aunque no podrá saberse nunca con certeza, previno la licuación del gigantesco mercado de derivados.

A comienzos de marzo, los operadores financieros veían con estupor como se marchitaba Bear Stearns, mientras se esfumaban sus reservas de 17.000 millones de dólares. Bear Stearns contaba con una base de 13,4 billones de dólares, es decir, más grande que el PBN de EE.UU. o equivalente a un cuarto del PBN mundial, al menos en términos “nocionales”2. Estos contratos de diversos instrumentos financieros como los “swaps”, fueron construidos sobre una base de activos de a lo sumo 80.000 millones de dólares. Del otro lado de estos contratos había bancos, brokers3 y hedge funds estrechamente conectados. Para empeorar aún más las cosas, Lehman Brothers, UBS y Citigroup estaban en la cuerda floja durante el huracán financiero. En este marco, la caída de Bear podría haber significado un tiro de gracia al conjunto del sistema financiero.

En medio de una crisis nadie sabe qué pasará con estos instrumentos financieros que el financista y hombre más rico del mundo, Warren Buffett, llama “armas de destrucción financiera masivas”. En otras palabras, una quiebra del broker (Bear Stearns) generaría pánico y la consecuencia inmediata sería un colapso de todos los instrumentos financieros, y una posterior corrida de depósitos en los bancos tradicionales, al estar muy interconectado por todos los esquemas de derivados.

Todavía la peor de todas las noticias parece no haber llegado: una reprogramación de depósitos o “corralito” en EE.UU., un escenario de pesadilla del que nadie quiere hablar. Pero aún no está claro que la FED pueda mantener la solvencia del sistema bancario norteamericano.

En lo inmediato, es posible que la intensidad de la crisis disminuya temporalmente debido a los masivos flujos de dinero de Bernanke a la banca, tanto comercial como de inversión. Pero la evolución de la crisis demuestra que ante cada nueva fase, la FED ha respondido con inyecciones aún mayores de cash, recortes más grandes de las tasas y rupturas más agudas con sus normas de funcionamiento tradicional, culminando con la “opción nuclear” anunciada el pasado 16/3. Más preocupante aún para los altos círculos de las finanzas, es que ante cada nueva fase, la efectividad de las medidas de la FED parece disminuir. Se muestra como positivo que ha sido capaz de bajar los indicadores de la crisis a sus previos máximos. Pero ha sido incapaz de restaurar los mercados de créditos a los niveles de estabilidad de la fase anterior, por lo que se puede concluir que la crisis está lejos de haber terminado y que es altamente probable que siga empeorando.

Una recreación de los ‘70 para evitar una crisis del ‘30

Las medidas que ha aplicado la FED y otras más radicales que podría o es incitada a tomar para salir del actual descalabro (ver “Temporalmente socialistas”) podrían llevar a que el Estado asuma costos fiscales cada vez más altos -lo que podría abrir una crisis fiscal de proporciones-, a través de la compra de activos de dudosa cobrabilidad para subir su precio, el rescate de nuevas entidades financieras insolventes, etc. Más aún, las autoridades monetarias y económicas podrían llegar a tolerar una alta inflación para rebajar el valor real de la deuda privada, es decir, impulsar un escenario setentista para evitar una crisis como la de 1930. Es decir, un escenario de alta inflación, diferente de los años ’30 donde primó la brutal deflación, cuestión esta última que no se puede descartar si no logran frenar la estampida desordenada de activos.

Pero tal salida, que podría evitar una depresión, puede tener un costo geopolítico a mediano plazo (y no tan mediano) inesperado: la aceleración de la crisis del dólar como moneda de reserva mundial. Las bases de tal transformación se encuentran en la acumulación de un déficit de cuenta corriente, combinada con una declinación de largo plazo de la tasa de intercambio del dólar además de la falta de paciencia de los acreedores de EE.UU. frente al unilateralismo de la administración Bush. Esto último ha estrechado abruptamente la posibilidad de que EE.UU. salga de la crisis como en el pasado, devaluando su moneda y haciendo que la crisis la paguen sus competidores. Así, en los años ‘60, Alemania tenia la voluntad de pagar estos costos mientras EE.UU. la asegurara con sus tropas durante la Guerra Fría; Japón por iguales motivos compró dólares para evitar una depreciación violenta de esa moneda a fines de los ‘60, a comienzos de los ‘70 y a fines de los ’80 y por último, fue el caso de Kuwait, Arabia Saudita y otros países como Japón con la primera guerra del Golfo. Por el contrario, la política norteamericana de todos estos años ha deteriorado la legitimidad y la posición norteamericana en el mundo.

Sumado a estos elementos, el carácter distintivo de la actual crisis, es el fuerte debilitamiento del sistema financiero norteamericano y del “modelo anglosajón”. Agreguemos que una consecuencia inmediata de la alta inflación es que muchos países dependientes van a encontrar más difícil de mantenerse atados al dólar (“dollar peg”). Por ahora estos son reticentes a abandonar este lazo con la moneda norteamericana pero el crecimiento de la inflación puede tornar intolerable esta situación. Cuando abandonen este vínculo fijo con el billete verde, es probable que rebalanceen su portafolios de divisas en detrimento del dólar.

Las potenciales implicaciones geopolíticas de tal giro proyectado son inmensas. EE.UU. perdería su exorbitante privilegio de lograr más altos rendimientos de sus activos en el extranjero, que los rendimientos que paga a los extranjeros que invierten en EE.UU.. El dólar dejaría de ser “nuestra moneda y vuestro problema”, tomando una frase del ministro de finanzas de Nixon cuando éste desligo al dólar del patrón oro en 1971. Su influencia en las instituciones financieras internacionales disminuiría. En otras palabras, la pérdida del dólar como moneda de reserva mundial implicaría una pérdida efectiva de poder político que debilitaría aún más el rol hegemónico de EE.UU. en el mundo. Es en última instancia este elemento el que está detrás del pánico que recorre a los altos círculos de las finanzas de EE.UU. y que no deja dormir al presidente de la FED y al actual secretario del Tesoro.

Una tendencia a la ruptura del equilibrio capitalista

La crisis actual señala el cuestionamiento de algunos de los principales factores contrarrestantes a la caída de la tasa de ganancia, que vienen operando luego del excepcional período del boom de la posguerra, esto es, la ofensiva neoliberal cuya máxima expresión eran el “modelo anglosajón” y la liberalización del sistema financiero. Su corolario fue un desmedido sobreendeudamiento aguijoneado en los últimos años por las bondades de la restauración capitalista en China y en el área de influencia de la ex URSS.

Más importante aún, desde el ángulo de la subjetividad de la clase obrera y el movimiento de masas, la fenomenal crisis de la economía de mercado cuestiona duramente ese enorme espejismo de la fortaleza del capitalismo –después de la debacle de las economías mal llamadas socialistas-, que era presentado como el único futuro al que podía aspirar la humanidad. La crisis actual plantea una ruptura con el inestable equilibrio capitalista de todos estos años, mucho más profunda que la crisis asiática de 1997, ya que la presente crisis tiene su epicentro en el estallido del mayor mercado financiero del mundo: Wall Street y EE.UU.. La llamada crisis asiática explica en última instancia el movimiento de las burguesías de los países dependientes hacia una posición de mayor regateo con las potencias imperialistas, expresada en la acumulación de reservas de los bancos centrales de estos países para no verse sometidos eventualmente a las condiciones leoninas para salir de la crisis que impusieron el FMI y el Banco Mundial en países como Corea o Argentina, sin evitar en este último caso el default y el crack de su economía.

El “mérito” de la crisis actual, al golpear al corazón del sistema financiero internacional 4, es demostrar lo ilusorio de que el mercado no sólo no salvará a los obreros de sus padecimientos (por los cierres y despidos que la crisis multiplicará, o por una creciente inflación), sino que tampoco evitará la hecatombe de los mismos capitalistas. El resultado de esta debacle inevitablemente será un profundo cambio en la percepción de los explotados, en especial en los principales países imperialistas, incluido EE.UU., al desnudar la falsa ideología que justificó que toda la “izquierda” mundial se entregara de pies y manos al capitalismo.

Esto no significa que la clase obrera aun esté a la altura de la crisis que se avecina. Como señala Trotsky: “La política considerada como fuerza histórica de masas está siempre retrasada con respecto a la economía” (León Trotsky, La Tercera Internacional después de Lenin). Esta desproporción de importancia decisiva entre los factores objetivos y subjetivos, agudizada hoy por la fenomenal crisis de dirección revolucionaria de los trabajadores, obtiene bases objetivas para tender a resolverse en los momentos de agudización extrema de las contradicciones, de conmociones económicas, sociales y políticas, que empujan a la clase trabajadora y a la juventud a la lucha, y quitan sustento a las promesas de los partidos socialdemócratas y las burocracias obreras de obtener mejoras en los marcos del capitalismo. Los que nos reclamamos revolucionarios debemos tomar conciencia de que estamos entrando en uno de esos momentos históricos donde las demandas de nuestro programa cobran mayor actualidad y se torna más aguda la necesidad de construir partidos revolucionarios.

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