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INTERNACIONAL

ELECCIONES EN FRANCIA

Los límites de Mélenchon y las tendencias liquidacionistas en la extrema izquierda

El 22 de abril se realizó la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia en las que, con el 28,6% de los votos, resultó vencedor Fran˜çois Hollande, el candidato del reformista Partido Socialista (PS), que irá a segunda vuelta con el actual presidente Nicolas Sarkozy de UMP (27%).

Juan Chingo

26 de abril 2012

Los límites de Mélenchon y las tendencias liquidacionistas en la extrema izquierda

El importante avance del ultraderechista Frente Nacional (FN) es un alerta para todos los militantes y votantes de izquierda y, en especial, para las corrientes de la extrema izquierda. Los problemas que se han revelado para construir una fuerza obrera contrahegemónica a la dupla UMP-PS, que viene gobernando Francia desde hace décadas, responsable de la ofensiva neoliberal y ahora de las políticas de austeridad para que la crisis capitalista la paguen los trabajadores, son de una enorme importancia para los inevitables combates de clase que se vienen, ya sea que gane Sarkozy u Hollande en la segunda vuelta.

Un Frente dentro de los marcos del régimen

A pesar de su fuerte retórica y simbolismo, el Frente de Izquierda (FG) es una opción dentro de los marcos de la degradada democracia imperialista francesa: apareció como una variante más radical de la izquierda institucional con el objetivo de crear una mejor relación de fuerzas en el terreno electoral para cambiar su dinámica. ¿Pero cómo puede ser creíble una alternativa de izquierda que busca presionar a una centroizquierda neoliberal, representada por Hollande y compañía, responsables desde los años ‘80 de la flexibilización y las privatizaciones en Francia, Europa y el mundo? Ya sea que Mélenchon termine integrándose o no a un eventual futuro gobierno del PS, su política es subsidiaria del “campo de la izquierda” institucional que desde hace tiempo dejó de ser visto como una alternativa por sectores postergados de la clase obrera y franjas pauperizadas de las clases medias. Mélenchon tiene una larga trayectoria dentro de las instituciones del régimen como parte del Partido Socialista, desde que accedió a su primer cargo público relevante en 1978 hasta que rompió con ese partido hace tres años. Sus “padres políticos” son nada más ni nada menos que Miterrand y Jospin, el primero, responsable del giro neoliberal en Francia después de la crisis de los ’70; el segundo, primer ministro del gobierno más privatizador. Por esto no es atractivo para amplios sectores populares, para quienes el PS es sinónimo de contrarreforma social. Menos aun para aquellos totalmente desesperados por la crisis que buscan una salida radical y que, a falta de una verdadera opción contra el sistema por izquierda, terminan expresando su cólera a través del voto en el FN o en la abstención.

En otras palabras, la ausencia de una verdadera opción revolucionaria contra el sistema, que el fortalecimiento relativo del FG como opción reformista busca obturar, no permite que se exprese una verdadera alianza de los explotados contra la Francia de la patronal y sus partidos.

A su vez, que el FN pueda penetrar en estas capas sociales no solo se explica por la desesperación y la polarización, sino fundamentalmente por el rol de las direcciones históricas y actuales del movimiento obrero organizado que presentan la defensa del empleo no desde el ángulo del interés de los trabajadores, sino desde el ángulo del capitalismo francés.

El “republicanismo de izquierda” de Mélenchon no rompe con este esquema, como no podía ser de otra manera debido a su ubicación como político responsable del Estado y la nación francesa, lo que lo llevó a hacer una reivindicación de la herencia del colonialismo francés, lo opuesto a los valores internacionalistas del movimiento obrero.

Desde ya que gran parte de los votantes de Mélenchon buscan una alternativa de izquierda al PS. Pero la cuestión es que sin superar estos límites del proyecto del FG, la construcción de una fuerza contrahegemónica obrera y popular al bipartidismo de la V Republica es imposible, lo que da tiempo al FN a presentar una alternativa por derecha a este régimen descompuesto y reaccionaria, un peligro al que todos coincidimos que hay que combatir y derrotar.

Poutou: un buen candidato, pero huérfano de partido

Frente a esto, la campaña de Philipe Poutou (NPA) mostró la enorme necesidad de los trabajadores de una voz que realmente exprese las demandas sentidas de la población. Que en el medio de los enormes obstáculos internos a su candidatura y la emergencia del FG como mediación, su discurso haya logrado hacerse oír al final de la campaña es todo un logro. Que este no haya sido más audible y, sobre todo, que no haya conseguido más apoyo no se debe al carácter “arquetípicamente setentista” u “obrerista” de su candidatura Los primeros responsables de esta situación son los dirigentes de la corriente liquidacionista dentro del propio NPA, que impresionados por la dinámica electoral que aparentemente estaba adquiriendo el FG, huyeron del partido para apoyar abiertamente a Mélenchon. Contra su ceguera oportunista, la «dinámica» autoproclamada del FG ha mostrado sus límites: lejos de los 15% anunciado por algunas encuestas, con un universo de votos a la izquierda del PS relativamente estable desde el 1995, los votos a Mélenchon expresan esencialmente una transferencia de votos desde la extrema izquierda trotskista a un reagrupamiento reformista. ¡“Voila” toda la dinámica! Pero lo que demuestra que la deriva de esos sectores va mas allá de un “error de apreciación” es que incluso después de conocidos los porcentajes electorales, hablan del “honorable resultado”, de Mélenchon, lo que choca con la decepción de los votantes y simpatizantes del FG ante la votación obtenida, por debajo de las expectativas.

Si la campaña de Poutou no tuvo mayor impacto (mas allá del reducido número de votos que sacó) no fue por ninguno de los falsos motivos enunciados por quienes, desgraciadamente, prefirieron mezclar su programa con el de los antiliberales, sino porque no expresa la existencia en el NPA de una corriente de obreros revolucionarios atraídos a sus filas por su rol en la oleada de huelgas con métodos duros de 2009 o en el combate generalizado en otoño de 2010 contra la reforma de las jubilaciones. Es que desde su fundación el eje del NPA no estuvo en estructurar un partido en los principales bastiones de la clase obrera industrial y de los servicios estratégicos, sino en la “magia” electoral que hoy se le vuelve en contra con el ascenso del FG. Como mostró ya la propia historia del NPA con O. Besancenot, el éxito electoral no es suficiente para relanzar un proyecto de construcción contrahegemónico si este no es expresión de un cambio del estado de ánimo y la combatividad del movimiento de masas.

Y es ahí que hay que buscar la explicación principal de las carencias de la campaña de Poutou y de por qué Mélenchon pudo canalizar los votos a izquierda del PS: es que cuando los trabajadores y liceístas franceses mostraron su intención de dar una lucha hasta el final contra el gobierno de Sarkozy, sus energías fueron canalizadas por las direcciones sindicales hacia una estrategia de presión “in extremis”, que solo buscaban negociar lo innegociable. Y lo más trágico es que frente a este rol de las direcciones sindicales, ni el NPA ni el resto de la extrema izquierda como Lutte Ouvri˜ére fueron capaces no solo de ofrecer una alternativa real a su política de conciliación con el régimen burgués y la ofensiva neoliberal, sino siquiera de exponer su política frente a la vanguardia.

Por una alternativa obrera y revolucionaria

Hoy el NPA está pagando estas falencias ligadas a la concepción estratégica de un partido amplio sin una clara delimitación de clase y con un programa ambiguo, es decir, de haber tirado por la borda la herencia trotskista para construir un nuevo partido sin “hipótesis estratégica”, rompiendo la relación indisoluble entre los medios estratégicos (dictadura del proletariado o gobierno de los trabajadores) y el objetivo o “fin político” (la sociedad sin clases, es decir el comunismo).

Resolver este impasse estratégico es la única “decisión vital” que el NPA debe tomar si quiere salir de su crisis. Mientras que los dirigentes del NPA que se fueron con el FG insisten con su política de hacer un bloque político estratégico con variantes del régimen burgués como Mélenchon y los reformistas para “enfrentar al FN”, nuestra mejor arma contra la extrema-derecha es nuestro programa anticapitalista y revolucionario que dice alto y fuerte que hay otra alternativa radical a la UMP-PS, la de la revolución socialista. Que opone a la xenofobia y al patriotismo un discurso internacionalista proletario. Que explica a los trabajadores que el único “Estado fuerte” que estará a su favor es el que ellos dirijan democráticamente. La lucha por este programa anticapitalista, que no es el de Mélenchon, va desde ya de la mano con la necesidad de una política audaz de frente único para la acción con todos lo que se opongan a la austeridad pero sin confundir nuestras banderas.

El ascenso del FN, en un escenario de crisis aguda como el que vive Europa y que puede golpear a Francia más abierta y catastróficamente, hace urgente la discusión sobre el tipo de partido que se necesita para los futuros enfrentamientos, Nuestra pelea es por construir un partido de extrema izquierda ligado a la lucha de clases, un partido revolucionario capaz de vencer los engaños de las direcciones sindicales frente al método de ajuste de Hollande y que se prepare estratégicamente para un endurecimiento del régimen si la decepción con el PS lleva a un gobierno de una nueva derecha recompuesta en torno al FN. Este es el desafío para el apasionante y dramático período que se nos abre.

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