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NACIONAL

¿Qué dice la "cuestión" del dólar de la economía argentina?

La prensa opositora carga de dramatismo la disparada del dólar paralelo y las nuevas restricciones para la compra de dólares. Ante esto, el gobierno presenta las medidas como una política meditada y de largo plazo para pesificar la economía, que no expresaría urgencias.

Esteban Mercatante y Pablo Anino

31 de mayo 2012

La prensa opositora carga de dramatismo la disparada del dólar paralelo y las nuevas restricciones para la compra de dólares. Ante esto, el gobierno presenta las medidas como una política meditada y de largo plazo para pesificar la economía, que no expresaría urgencias. Sin embargo, en el dólar se catalizan problemas profundos de la economía.

Situación en deterioro

Hay un dato de por sí llamativo. Si la “angustia” cambiaria estuvo en el pasado asociada a dificultades en el plano externo, la economía mantiene desde 2002 un considerable superávit comercial y el Banco Central (BCRA) cuenta con reservas para enfrentar la salida de dólares.

Pero esta “foto” no permite entender por qué si todo está bien como dice el gobierno existen restricciones a la compra de dólares. Por empezar, la desaceleración económica y los múltiples problemas del “modelo”, en el marco de la crisis mundial, no se revierten aunque el gobierno controle por ahora el tipo de cambio. Pero más a fondo ¿qué expresan estas medidas? La abundancia de dólares es cosa del pasado.

Aunque entran dólares por el saldo comercial positivo, en 2011 se fueron más de los que ingresaron y se perdieron reservas del BCRA. Este resultado prendió la alarma del gobierno y disparó las restricciones a la compra de dólares y a la de mercancías en el extranjero. Igualmente el 2011 terminó con déficit en la balanza de pagos. Ante la perspectiva de otro año difícil, las trabas se multiplicaron para garantizar un resultado positivo.

¿Por qué se van los dólares?

Aunque los altos precios de la soja (y en menor medida mayores cantidades exportadas) aumentaron las exportaciones, las importaciones crecen hace años aceleradamente reduciendo el superávit comercial. Hoy se es más dependiente de las importaciones que hace una década porque pese al discurso de sustitución de importaciones, la desarticulación productiva que acompañó la reestructuración empresaria de los ’90 no se revirtió. Esto se ve en el déficit comercial de la industria automotriz: más tiene que importar cuanto más produce. Es el resultado de una década de altas ganancias industriales (conseguidas en buena parte por un ajuste a los salarios), de las que sólo una pequeña parte fue reinvertida en la producción. En el “modelo” K se desarrollan las ganancias, no la estructura productiva.

El punto crítico lo marcó la importación de combustibles, expresión del fracaso de un “modelo” energético basado en la privatización, topes tarifarios y subsidios. En el caso de Repsol-YPF condujo a comprar en el extranjero cantidades crecientes de combustible, mientras caían la producción y las reservas locales.

También salen dólares por las ganancias que las empresas extranjeras remesan: cada año un 2% del PBI, el doble que en los ’90. Si en 1997 había dentro de las 500 grandes empresas 289 de capital extranjero, en 2009 eran 324. El gobierno “nacional y popular” convivió gratamente con esta presencia extranjera, alimentándola con subsidios y beneficios. Sólo en 2011 se fueron u$s 7.300 millones por remesas. Además, pese al discurso de desendeudamiento, son miles de millones los dólares que se pagan de deuda.

Y por último, la fuga de capitales fue constante durante el kirchnerismo y es expresión patente de la “propensión” de la burguesía argentina a dolarizar sus ganancias (seguidos por sectores medios con capacidad de ahorro).

La falta de dólares muestra desde todos los ángulos que las transformaciones estructurales que se le adjudican al “modelo K”, no se produjeron. No se revirtió la extranjerización, no se dio la mentada recuperación productiva, ni la deuda dejó de tener un peso enorme en el presupuesto estatal.

Apretando los torniquetes

Ninguna de estas vías de salida de dólares es una novedad pero hoy suman una carga insoportable. Si durante los años prósperos los K aceptaron alegremente el reflujo de dólares sin tomar medidas, y aún así aumentaron sus reservas, ahora la situación cambió. La alta inflación que afecta la competitividad (lograda con el mazazo al salario obrero de la devaluación de 2002), el déficit fiscal (producido porque el gobierno subsidió las ganancias capitalistas ante los aumentos de costos y faltantes de recursos claves, como el combustible) y el deterioro de la holgura externa, ya no permiten preservar la economía sin hacer fuertes cambios en los lineamientos económicos. La entrada de dólares permite que el BCRA los transfiera al Tesoro para pagar deuda. Además, con la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, éste prestará ampliamente al fisco, lo que se complica si el balance del BCRA se debilita (esto depende de los dólares que acumule).

Por eso, mientras el gobierno pretende que no pasa nada, aprieta el torniquete. Aunque contenga en lo inmediato la salida de dólares será al costo de mantener y profundizar las contradicciones del esquema económico. No está dicho si la presión no se trasladará sobre los bancos, cuyos depósitos en dólares vienen en caída. Pero no sólo eso, sino que estas medidas contribuyen a empeorar un cuadro de desaceleración económica complicado por el débil crecimiento de Brasil, entre otros factores de la crisis internacional y la sequía. Un salto en la crisis mundial podría conducir a un descalabro que no será contenido ni siquiera con los altos precios de la soja, que tampoco está descartado que caigan, arruinando los planes del gobierno.

Contra el plan del gobierno es necesario impulsar una alternativa independiente de la clase trabajadora. Hay que dejar de pagar la deuda, establecer el monopolio estatal del comercio exterior y expropiar al capital imperialista. Todas estas medidas tienen que ser integradas en un plan que se oriente a satisfacer las necesidades del pueblo trabajador, que sólo puede esperarse de un gobierno de los trabajadores.

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