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DEBATES

Sobre el carácter de clase de la policía y el derecho a la sindicalización

A partir de una nota publicada en su prensa sobre la huelga policial en Misiones, debatimos con el Partido Obrero acerca de su posición sobre la sindicalización de los policías.

Miguel Raider

8 de marzo 2012

En Prensa Obrera 1212, una nota firmada por A. Guerrero se refiere a los reclamos de la huelga policial de Misiones, particularmente el derecho a la sindicalización, recomendado por la Comisión Internacional de DD.HH. y la OIT: “Un sindicato -aún de policías- debe implicar el ejercicio irrestricto de la democracia sindical: la deliberación, la constitución de corrientes, la libertad de propaganda y agitación sobre todos los problemas sindicales y políticos(...) Si los agentes son empleados públicos, sus acciones deben confluir con las de otros trabajadores... Y, por supuesto, una organización sindical debe oponerse absolutamente a que sus afiliados repriman a afiliados de otras organizaciones”. Esta forma retórica y condicional de plantear la cuestión, al tomar “un sindicato” abstracto, encierra una trampa política para un apoyo velado (y vergonzoso) a este reclamo concreto.

Bajo el dominio del gobernador Maurice Closs, la policía de Misiones es experta en reprimir cortes de ruta: durante los últimos tres años se abrieron más de 40 procesos judiciales contra luchadores populares, entre ellos tareferos, docentes, estatales y militantes de izquierda, en una provincia que encabeza los índices de pobreza (29,5%) y lleva el segundo puesto en indigencia (7,9%). Mediante la sindicalización, la posición del PO termina en una política de reforma de la policía en oposición a la lucha por la disolución de las fuerzas de seguridad y el desmantelamiento del aparato represivo, como sostiene León Trotsky en el Programa de Acción para Francia.
Al igual que la Federación Argentina de Sindicatos Policiales y Penitenciarios, que cita el cronista, PO considera que los efectivos de las fuerzas policiales son “empleados públicos” como los docentes o los trabajadores estatales, subestimando que forman parte de una fuerza represiva del Estado que garantiza la dominación social y política de los capitalistas sobre las clases desposeídas. Negando de hecho esta definición, Guerrero encuentra en la sindicalización de la policía una herramienta para “oponerse absolutamente a que sus afiliados repriman a otros afiliados de otras organizaciones”. Pero como afirmaba Trotsky en La lucha contra el fascismo en Alemania “es la existencia la que determina la conciencia. El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero. En el curso de los últimos años, estos policías han debido enfrentarse mucho más a menudo a los obreros revolucionarios que a los estudiantes nacionalsocialistas. Por semejante escuela no se pasa sin quedar marcado. Y lo esencial es que todo policía sabe que los gobiernos pasan, pero la policía continúa”. De ese modo, Guerrero olvida el carácter de clase de la policía y genera la ilusión de que mediante la sindicalización se podría transformar su propia naturaleza... dejando de ser policía, una utopía reaccionaria insostenible. Al respecto, Leopold Trepper destacaba en su libro “El gran juego”, la confesión de un viejo policía miembro del partido nazi: “fui policía en tiempos del Kaiser, lo fui asimismo durante la República de Weimar, ahora soy un esbirro de Hitler, mañana podría ser un buen servidor del régimen de Thaelmann (secretario general del PC alemán)”.

¿Acaso la sindicalización de la policía en Francia sirvió para que sus demandas “confluyeran con las de otros trabajadores”? Por el contrario, sirvió para equipar de mejor armamento e instruir con nuevas técnicas represivas, fortaleciendo “el carácter irrevocablemente represivo del Estado capitalista”, como señala formalmente Guerrero.

Lejos de una expresión de deseos, la posibilidad eventual de un compromiso efectivo de una parte de la policía para no reprimir a los trabajadores e incluso rebelarse ante esa orden, sólo es posible en una situación de lucha de clases aguda (es decir revolucionaria) que produzca el quiebre y descomposición del Estado y de sus instituciones coercitivas y la radicalización política y social de las grandes masas. Sólo bajo esas condiciones la clase trabajadora podría establecer un acuerdo favorable a sus intereses en pos de quebrar la cadena de mandos, suprimiendo la disciplina vertical de la alta oficialidad, debilitando así el poder represivo del Estado burgués, sobre la base de la movilización revolucionaria de las grandes masas, lo que presupone la autoorganización y el armamento obrero y popular, un gran factor de “persuasión” sobre las fuerzas represivas, mucho más realista que las campañas por la “sindicalización” en momentos de relativa ‘normalidad’ de la lucha de clases.

Ubicado en el terrero de la reforma, PO termina en este punto en una política tributaria del Estado.

Por el contrario, los socialistas del PTS no defendemos las huelgas policiales y luchamos por la disolución de todas las fuerzas de seguridad, al tiempo que defendemos y promovemos todas las formas de autodefensa obrera y popular que se doten las masas, enfrentando la violencia centralizada del Estado y sus bandas de hombres armados, en aras de construir milicias populares y un Estado de los trabajadores.

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