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Internacional

EL PELIGRO DEL PROTECCIONISMO RONDA SOBRE LA ECONOMIA MUNDIAL

Una nueva oleada de guerra monetaria

A medida que avance el segundo semestre de 2010 o a comienzos de 2011, el intenso deterioro previsto para la economía norteamericana sellará el fin de la ilusión de la reactivación de la economía mundial de 2010, por otra parte muy desigual, no solo entre los países centrales y los llamados países emergentes sino también entre los primeros como es el caso de Alemania y el norte de Europa y los países mediterráneos o Irlanda en el seno de la Unión Europea (UE).

Juan Chingo

14 de octubre 2010

A medida que avance el segundo semestre de 2010 o a comienzos de 2011, el intenso deterioro previsto para la economía norteamericana sellará el fin de la ilusión de la reactivación de la economía mundial de 2010, por otra parte muy desigual, no solo entre los países centrales y los llamados países emergentes sino también entre los primeros como es el caso de Alemania y el norte de Europa y los países mediterráneos o Irlanda en el seno de la Unión Europea (UE).

En este marco, el mundo entrará en una situación inédita desde la posguerra: EE.UU., el pilar del orden económico mundial desde hace más de 60 años, afrontará una recesión prolongada o un largo periodo de crecimiento anémico. Más aún, al calor del deterioro de sus cuentas públicas, puede verse obligado a aplicar un brutal ajuste, como es ya el caso en muchos Estados, que puede disparar una nueva oleada de caos económico, financiero y monetario a nivel global.

Desde que comenzó la crisis se perdieron millones de puestos de trabajo, por lo que la cifra real de desocupación es de alrededor del 20 %; la pobreza aumenta a niveles récord (cerca de 60 millones dependen ya de los bonos de alimento); el mercado de viviendas continúa deprimido a niveles históricos y se prevén nuevas caídas, etc. En este marco, el rol de EE.UU. como consumidor de última instancia está acabado. Hoy en día, el famoso sobreconsumo norteamericano, que durante los últimos 30 años daba cuenta de más de 70% del crecimiento de EE.UU., está atrapado por la insolvencia, mucho más aún para todos los estadounidenses que no tienen trabajo. Agravando el panorama económico, las elecciones de medio término, pueden agravar aún más la situación, si la creciente parálisis política de la administración Obama y el Congreso pega un salto, como consecuencia de una eventual derrota frente a los republicanos.

Los líderes de las principales economías mundiales se encuentran en un callejón sin salida. Al principio de la crisis, avalaron planes de estímulo impresionantes y otra serie de medidas como las bajas de las tasas de interés para prevenir la depresión. También impulsaron un estímulo monetario con el consiguiente efecto de la reducción de valor de moneda (…)

Pero en un mundo inundado de exceso de capacidad, al no dejar actuar hasta el final los mecanismos normales de la crisis y que por consecuencia sufre un extremo déficit de demanda solvente, esta estrategia adolece de una falla de matriz: no todos los países pueden exportar su crisis mejorando su balance exterior simultáneamente. Sin embargo, a pesar de esta realidad, los países centrales han optado por salidas exportadoras a su sobreproducción: “…como consecuencia de la crisis, el mundo desarrollado está sufriendo un déficit de demanda crónico. En ninguna de las seis mayores economías de altos ingresos - EE.UU., Japón, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia - el producto interno bruto en el segundo trimestre de este año volvió adonde estaba en el primer trimestre de 2008. Estas economías están operando hasta 10% por debajo de sus tendencias pasadas. Un indicio de exceso de oferta es la disminución de la inflación básica a cerca de 1% en EE.UU. y la zona del euro: señales de deflación. Estos países apuestan al crecimiento impulsado por las exportaciones. Esto es cierto tanto para aquellos con déficit comerciales (como EE.UU.) como para aquellos con excedentes (como Alemania y Japón)” [1]. En este marco de falta de oportunidades de inversión en los países imperialistas centrales, se desarrolla un flujo excesivo de capitales que buscan oportunidades de rentabilidad especulativas o reales en la periferia, es decir en los países semicoloniales o dependientes (…)
Sin embargo, esta entrada de capitales no ha servido para lograr un reequilibrio de la economía mundial sino que lo ha agravado, ya que los países centrales de la periferia no avanzan en buscar rápidamente nuevos patrones de crecimiento basados en el mercado interno absorbiendo el exceso de capacidad de los países centrales mediante un incremento de sus importaciones, como muestra el bloqueo político a la apreciación de su moneda que iría de la mano con semejante entrada de capitales. Esta intervención busca preservar la competitividad de sus mercancías y es muestra contundente de su aferramiento al modelo exportador. “Este ajuste natural sigue siendo frustrado por la acumulación de reservas en moneda extranjera… Entre enero de 1999 y julio de 2008, las reservas mundiales oficiales aumentaron de $1,6 billones a $7,5 billones - un aumento impresionante de 5,9 billones de dólares. Este aumento fue, se podría decir, una forma de auto-seguro después de las crisis anteriores. (…) China es abrumadoramente el país interventor dominante, representando el 40% de la acumulación desde febrero de 2009. En junio de 2010, sus reservas habían llegado a $2,4 billones, un 30% del total mundial y un asombroso 50% de su propio PBI. Esta acumulación debe ser vista como una enorme subvención a la exportación” [2]. No sorprende que, siendo entonces el caso que todos los países buscan el crecimiento a través del exterior, es decir, vía un aumento de las exportaciones, la OMC prevea una alza de 13,5% del comercio mundial en 2010. ¡Jamás se había visto semejante crecimiento de los intercambios internacionales después de 1950! Siendo una torta enorme, todos los estados buscan quedarse con la mayor parte, transformándose el comercio mundial en un campo de batalla gigante.

Hasta ahora la mayor parte de las disputas comerciales se habían dado entre EE.UU. y China. Estas incluían por el momento batallas parciales arancelarias y monetarias. (…) Sin embargo, la crisis ha hecho que las devaluaciones competitivas se extiendan a lo largo de los 5 continentes. Es que frente a la política de EE.UU. de devaluar el dólar, moneda de reserva mundial, para propio beneficio y a costa de los demás, el problema se ha generalizado. Japón ha pateado la mesa con una intervención unilateral en el mercado cambiario de su banco central que busca depreciar al yen, movimiento por ahora infructuoso. Esta potencia imperialista se encuentra frente a grandes dificultades. La economía todavía no ha logrado recuperarse, y el país sigue sufriendo de la deflación y una deuda pública enorme. Normalmente, todo esto tiraría hacia abajo el valor de la moneda japonesa, pero el tipo de cambio del yen frente al dólar también está aumentando porque los chinos, por temor a que la moneda de EE.UU. siga cayendo, están invirtiendo cada vez más sus reservas de divisas también en yenes (títulos del Estado japonés). Este movimiento nipón ha generado réplicas de Corea del Sur y Taiwán quienes intervienen, pese a sus superávit de cuenta corriente, para que la apreciación del yen no mate sus exportaciones. En Europa, Suiza ve con preocupación el impacto que sobre su divisa puede tener el ingente volumen de hipotecas en francos constituidas en sus vecinos del Este y ha gastado sumas enormes en evitar –infructuosamente por ahora– que el franco suizo se siga apreciando. Los productores de materias primas como Australia o Canadá tienen sus respectivos dólares sobrecomprados y, de las monedas de los BRIC, sólo el rublo no da signos de fortaleza debido al gran interrogante que pesa sobre la clase política rusa. El último en poner el grito en el cielo fue Brasil, preocupado porque el “beneficioso” efecto de la captación de fondos internacionales que está generando un alto crecimiento coyuntural (a costa de generar a mediano plazo las condiciones de una burbuja, que puede desatar una brusca crisis si cambian las condiciones de la economía internacional, motorizada por una rápida salida de capitales) se torne inmediatamente en un perjuicio para sus exportaciones (en especial para las que compiten con las importaciones chinas) y la estabilidad de precios, agravando la precariedad de sus déficit públicos y de cuenta corriente. Su ministro de finanzas, Guido Mantega, ha declarado: “Estamos en medio de una guerra monetaria internacional, un debilitamiento general de la moneda. Esto nos pone en peligro porque nos quita competitividad” [3] (…) Esto crea una dinámica devaluatoria de la moneda para que sea el otro el que pague la crisis y de esta manera mantener la competitividad en un mercado mundial que se estrecha, con consecuencias negativas para todos. Mientras tanto el euro, salvado hace poco por la intervención china, ahora se está disparando, cargando sobre sus hombros un desproporcionado ajuste de los tipos de cambio mundiales, lo que podría debilitar la ya frágil recuperación de la economía de la zona euro.

El 29/9, la Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó un proyecto de ley que busca ejercer presión sobre China para que aprecie el valor de su moneda. La “H. R. 2378 Currency Reform for Fair Trade Act” aún debe pasar al Senado y ser aprobada por Barack Obama antes de convertirse en ley, pero su aprobación inicial refleja el creciente enojo en el Congreso (…)

Según una revista alemana: “el proyecto de ley está lejos de ser inofensivo, pide que el Departamento de Comercio de EE.UU. empiece imponiendo - incluso sin la aprobación del presidente de EE.UU. Barack Obama - aranceles punitivos en algunos países. La iniciativa se dirige específicamente a los países que tienen ’una moneda fundamentalmente subvaluada’, ’persistente superávit global en cuenta corriente’ y gran cantidad de reservas de divisas - en otras palabras, China”[4].
El proyecto de ley fue aprobado por la Cámara de Representantes por una votación de 348 a 79. “‘Este es un mensaje más fuerte que cualquier otro anterior’, dice Nicholas Lardy, del Instituto Peterson de Economía Internacional” [5] (…)

Los desequilibrios en el comercio mundial son cada vez más grandes y el sistema monetario mundial se está saliendo de control. Síntoma alarmante, estamos viendo compras masivas de oro que no se veían desde la década de 1960, justo antes del colapso de Bretton Woods. Frente a intervenciones crecientemente inefectivas en los mercados, el control de capitales es cada vez más una opción política para las burguesías, especialmente en los países semicoloniales y dependientes, frente a la política de los países centrales de aumentar su competitividad vía devaluación de sus monedas en contra de ellos. Eventualmente, esto podría escalar a una guerra de tarifas aduaneras. De generalizarse esta medidas, las consecuencias en términos de transacciones comerciales pueden ser tremendas (…) las principales entidades financieras han instado a los países económicamente más importantes a acordar un nuevo pacto sobre divisas para ayudar a reequilibrar la economía mundial. Así, el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF por sus siglas en inglés), que representa a más de 420 de los mayores bancos y firmas financieras, advirtió el 4/10 que la falta de ese reequilibrio coordinado podría derivar en más proteccionismo. Charles Dallara, director gerente del IIF, declaró:
“Un grupo central de las principales economías mundiales debe reunirse y negociar un acuerdo”. Dallara, que como político estadounidense trabajó en el Acuerdo Plaza de 1985 que coordinó una actuación internacional para revalorizar el yen frente al dólar, demandó una versión actualizada y más desarrollada de aquel acuerdo. Pero las diferencias con 1985 son importantes: a pesar de la crisis económica que sufría EE.UU. en la década de 1980 aun jugaba un rol hegemónico preponderante en la escena internacional, comparado con el actual desgaste de su hegemonía, aunque sin sucesor a la vista, además de que el peso de las economías de la tríada imperialista era muy superior al actual. Y visto desde el ángulo chino, las posibilidades de un compromiso con las principales potencias imperialistas viendo los efectos nefastos que este acuerdo tuvo para Japón –que en el caso de China podría ser más grave aún, ya que a diferencia de Japón, que es un país imperialista, China aún tiene un carácter dependiente– no es fácilmente digerible para la burocracia restauracionista de Pekín. Una expresión de esto fueron las declaraciones de Wen Jiabao, el primer ministro chino el 6/10, contra las presiones que se ejercen para que revalúe su moneda. “Hablando en Bruselas, el Sr. Wen se defendió de las críticas internacionales de la política monetaria de China, diciendo que adherir a la demanda de un aumento más rápido en el renminbi [6] podría causar disturbios sociales en China…” [7]. Sin embargo, a pesar de este dramático alerta, cada vez más economistas y estudiosos como vimos se alinean detrás de la idea de ponerse duros con China, dando la cobertura intelectual para una política imperialista más ofensiva.

Aunque nadie quiere una guerra comercial con China, no está descartado o es una posibilidad que terminemos allí (…) El riesgo de conflicto está abierto y este nerviosismo es el elemento central que tiene a toda la economía y política mundial. En conclusión, los conflictos de divisas apuntan a la intensificación de la contradicción entre la economía mundial y el sistema de Estado-nación. La economía capitalista global requiere una moneda de reserva estable con el fin de poder funcionar. Pero el dólar de EE.UU. es cada vez más incapaz de jugar ese papel. Tampoco es cualquier otra moneda, ni el euro, el yen ni mucho menos el renminbi, capaz de ocupar su lugar. En este marco, las posibilidades de roces y conflictos entre las grandes potencias y entre estos y los países semicoloniales y dependientes aumentan. Se vienen años tumultuosos propicios para un salto en la lucha de clases.

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