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Cultura

A propósito del III Congreso de la Lengua

26 de noviembre 2004

Una de las medidas del Estado obrero surgido de la revolución de Octubre de 1917, fue otorgar el derecho a que la educación fuera impartida en las lenguas propias de las nacionalidades que, formando parte de la URSS, hasta ese momento permanecían oprimidas por Rusia, dando así uno de los casos de multilingüismo más amplios, estudiado hasta el día de hoy.
Una disposición de Stalin, mostrando que la reacción avanzaba en el primer Estado obrero, fue suprimir la gran mayoría de ellas. Si nos remontamos en el tiempo es para demostrar que desde hace mucho, las cuestiones de la lengua están estrechamente ligadas a las luchas sociales y políticas en curso, y no son mero tema de estudio antropológico.
Sin embargo, algunos balances de los medios sobre el III Congreso de la Lengua Española en Rosario, es que fue “demasiado político”. Tal lectura esconde que la lengua siempre ha sido también discusión de Estado. Si no deberían justificarse los principales oradores del Congreso, Kirchner y los reyes de España, la Presidencia Honoraria de la Primera Dama argentina y la presencia de funcionarios de gobierno. ¿Acaso los Kirchner y los reyes son lingüistas especializados o reconocidos escritores que no hemos sabido apreciar? Eso sin considerar que parte de los organizadores, la Real Academia Española y el Instituto Cervantes, son organismos para la “promoción de la lengua española”, política sistemática del Estado español para competir con el inglés como lengua franca.
El control de la lengua por parte del Estado siempre supone una política tendiente a imponer hegemonía sobre propios y ajenos. Ello es así porque la lengua es una de las marcas de identidad cultural y social de los pueblos más importantes. Los Estados siempre han sabido comprender este problema y se han propuesto usufructuarlo.
La expansión así entendida del español, frente al inglés, fue el eje establecido por los organizadores. Para ello se sumaba otra serie de invitados: medios de comunicación, editoriales y auspiciantes. Los especialistas fueron numerosos pero para sectores reducidos del público, mientras los escritores hicieron que el Congreso fuera un evento cultural atractivo a un público más amplio del cual pudiera sacarse rédito político.
La voluntad de anti-inglés omitía un gran detalle: el español no es la lengua de estas tierras y el castellano no es, siquiera, su lengua original, sino aquella impuesta silenciando decenas de otras culturas que al día de hoy buscan su reconocimiento. Mientras, el Estado español y sus instituciones, preocupados por el predominio inglés, no se preocupan mucho por avasallar nacionalidades dentro de la misma España: el vasco, el catalán y el gallego. En el lema utilizado de la “unidad en la diversidad”, el primer término suena bastante a imposición sobre el segundo. El Congreso de LaS LenguaS organizado por Pérez Ezquivel y organizaciones de los pueblos originarios, planteaba este problema, pero como éste mismo decía, no en son de “contraposición” sino de “complementación”. Algunas de estas cuestiones fueron colándose en el Congreso, pero no pasaron de diplomáticas declaraciones y algunas chicanas al pasar, sin debate ni posibilidades de cobrar un peso específico.
Por otro lado, nadie en el Congreso ni en el Contra-Congreso cuestionó los objetivos del gobierno de Kirchner en él. Hace ya unos años, entre el default y la “crisis de representación”, está probado que los eventos culturales siguen sin embargo redituando políticamente. Por ello irritó al gobierno que Di Tella viniera a escupir el asado de propaganda gubernamental (demostrando por su lado que los excesos en el uso de la lengua pueden ser a veces peligrosos). En línea con los organizadores españoles del Congreso, emotivas declaraciones de Kirchner hablaron de recuperar la “dignidad” y la “identidad nacional” contra las políticas carnales de los ’90. Pero una mirada a la sala en que brotaban tales encendidos discursos, donde podían apreciarse los auspicios de Telefónica, una de las empresas que mejores negocios hizo en esos años, dejarían perplejos a aquellos que todavía creyeran que las “nacionales” palabras de Kirchner significan algo más que una cobertura para seguir beneficiando a los mismos sectores pero en las nuevas condiciones. Quizá sea la abultada cantidad de números en vez del amable discurrir literario lo que haga que la “dignidad” en la lengua parezca gozar de mejor salud para el gobierno que la menoscabada “dignidad” política entregada en las negociaciones por la deuda, o al menos demuestra ser por el momento más útil.
En Argentina miles no acceden a un trabajo digno, a una educación mínima ni mucho menos a las posibilidades del desarrollo y disfrute cultural. Para ellos, la “diversidad”, sin los medios para ejercerla y las posibilidades de elegirla se convierte en mera “desigualdad”, mientras la “gran política cultural” y la defensa de la educación pública (a la que no piensan sumarle un peso del presupuesto que necesitaría para implantar una política lingüística amplia) demuestran puro cinismo, lavada de cara y amena reconstrucción de lazos comerciales con España. Agradecemos así las sinceras palabras de la Sra. Kirchner: “quiero agradecer a las empresas que colaboraron en la realización del Congreso porque, en el mundo de las ideas, el valor del dinero también lo tenemos que conocer”1.
Ningún Estado burgués va a garantizar nunca a las masas el derecho a la vida digna, a las nacionalidades oprimidas el derecho a mantener sus tradiciones, entre ellas, el derecho a la lengua. Es que sus objetivos e intereses no son unitarios, ni de criterio amplio, ni complementarios con los intereses y objetivos de las masas, hablen la lengua que hablen. Tales tareas deben encontrar su destino en manos de las masas, o no lo tendrán.

1 Discurso de cierre del Congreso, en la página oficial del mismo, www.congresodelalengua3.ar.

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