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Internacional

“¿PUEDE EL GOBIERNO NORTEAMERICANO ENTRAR EN DEFAULT?”

Masiva intervención estatal para salvar al capitalismo

Al igual que el 13 de marzo y el 16 de julio pasados, el 7 de septiembre las autoridades norteamericanas han hecho de nuevo un gran anuncio político un domingo. En este caso, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, anunció que la Administración estadounidense toma el control de las dos gigantes hipotecarias estadounidenses, Fannie Mae y Freddie Mac.

Juan Chingo

11 de septiembre 2008

Al igual que el 13 de marzo y el 16 de julio pasados, el 7 de septiembre las autoridades norteamericanas han hecho de nuevo un gran anuncio político un domingo. En este caso, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, anunció que la Administración estadounidense toma el control de las dos gigantes hipotecarias estadounidenses, Fannie Mae y Freddie Mac. El movimiento, el mayor rescate estatal de la historia de EE.UU, fue precipitado por la acelerada pérdida de confianza de los inversores internacionales no sólo en la solvencia de estas compañías, sino del gobierno norteamericano mismo. Las “mellizas”, como se las conoce, se encuentran en estado de insolvencia (en criollo, en bancarrota) y no poseen el capital suficiente para seguir jugando su rol crucial de financiar las hipotecas inmobiliarias.

Una pesada carga fiscal

Paulson informó que estas dos compañías pasarán a estar dirigidas temporalmente por la Agencia Federal Financiera de Casas (FHFA, por sus siglas en inglés) y el Tesoro estadounidense se compromete a inyectar hasta un máximo de 200.000 millones de dólares en nuevo capital y líneas de crédito para evitar la quiebra de las dos firmas. Esta cifra ya es mayor que la carga fiscal que los contribuyentes debieron soportar en el salvataje de la anterior crisis hipotecaria, la crisis del sistema de ahorro y préstamos en los ‘80. Pero el costo real puede ser mayor. Es que las ejecuciones hipotecarias y la falta de pagos de las mensualidades ya han alcanzado la escalofriante cifra de 4 millones y una porción importante de estas pérdidas masivas aún no figuran en los balances de las dos compañías. En segundo lugar, la recesión norteamericana aún está en sus primeros estadios, con un creciente desempleo (que subió de un 4,9% de la fuerza de trabajo en enero a 6,1% en agosto, con ocho meses consecutivos de pérdidas de empleos) lo que puede resultar en un nuevo salto de ejecuciones hipotecarias. Y en tercer lugar, debido al hecho de que aun antes de que Fannie y Fredy hayan sufrido lo peor de la crisis recesiva e hipotecaria, su base de capital se encuentra enormemente sobreestimada con maniobras contables del tipo Enron (gigante energético que entró en bancarrota en 2001, cuestión que trató de postergar con fabulosos fraudes contables). Ya William Poole, el ex presidente de la Reserva Federal de St. Louis, dijo el domingo que el gobierno podría verse obligado a gastar tanto como 300.000 millones de dólares para rescatar a las dos compañías.

La precariedad del sistema financiero norteamericano

La nacionalización de Fannie Mae y Freddie Mac es un intento de la Reserva Federal y el Tesoro de contener las secuelas de la crisis financiera actual. Ambas entidades sustentan más de la mitad de la deuda hipotecaria del país y en los recientes meses son responsables del 70%, o 4/5 según la fuente, de los nuevos préstamos de lo que queda del golpeado mercado hipotecario norteamericano. En el último año han sufrido pérdidas combinadas de 14.000 millones de dólares. Desde que se inició el hundimiento de la burbuja inmobiliaria hace dos años, los precios de las viviendas han venido cayendo con más rapidez que durante la Gran Depresión. Esto ha dado lugar a un fenómeno bien descrito por el economista Paul Krugman en una reciente columna de opinión en el New York Times: “…la caída de los precios de las viviendas ha provocado el muy temido fenómeno de ‘deflación de la deuda’. Sí, deflación: los precios aumentan en la caja del supermercado, pero el precio de los valores, que es lo que importa en los balances, cae con rapidez…Si todo el mundo vende sus bienes al mismo tiempo, la caída resultante de los precios del mercado socava la situación financiera de los deudores antes de que pueda cancelarse la deuda. Así, la deflación de los precios de los activos puede convertirse en un círculo vicioso. Y una consecuencia de lo que Fisher denominó ‘la estampida de ventas’, es una severa depresión económica. Eso es lo que está ocurriendo ahora, y la deflación de la deuda se vuelve aún más grave debido a que los actores financieros clave también fueron financiados: sus bienes y valores fueron comprados con dinero prestado. Tal como expresó Paul McCulley, de Pimco, inversora en bonos y acciones, en un reciente artículo titulado ‘The Paradox of Deleveraging’, últimamente casi todas las instituciones financieras han intentado reducir sus niveles de endeudamiento, pero la caída de los activos, no obstante, ha dejado a estas instituciones con más deuda que antes” (The Power of De, NYT, 7/9). Que esta es la realidad lo prueba el hecho de que, a pesar del rescate masivo ideado por el Tesoro y que provocó un entusiasmo bursátil en todo el mundo el día lunes, los mercados crediticios no dieron ningún signo de recuperación, que son los que realmente importan. Más aún, según algunos analistas, las condiciones del mercado se encuentran “ilíquidas” (es decir, condiciones en donde los activos son difícil de vender o comprar a corto plazo sin que su valor se vea afectado) y “peores que en marzo”, cuando fue el rescate del banco de inversión Bear Stearns. Ya el martes el corto rally accionario se había acabado cuando se conoció el fracaso de las negociaciones del banco de inversión, Lehman Brothers, con el Banco de Desarrollo de Corea, que abre dudas sobre el futuro de la primera institución que hoy anunció pérdidas por 4.000 millones de dólares en el tercer trimestre, y más en general sobre el estado de salud del conjunto del sistema financiero norteamericano.

“¿Puede el gobierno norteamericano entrar en default?”

El que se hace esa pregunta es ni más ni menos que un editorial del 14 de julio del Wall Street Journal, un día después que el secretario del Tesoro, Paulson, pidiera al Congreso aprobar un plan de emergencia para ofrecer una cantidad indeterminada de crédito público a las dos gigantes inmobiliarias, o incluso para que el Gobierno comprara acciones en caso de que fuera necesario para evitar su desplome. Este plan que fue finalmente aprobado es el que entró en crisis obligando a la administración a la nacionalización para evitar el impacto mundial que tendría su colapso. Es que durante este período las dos compañías no lograron ganarse la confianza del mercado, en especial los inversores extranjeros. Por el contrario, los poseedores de los activos de Fannie Mae y Freddie Mac se estaban volviendo cada vez más reacios en las últimas semanas. Este era el caso del Banco Central chino como las instituciones privadas locales, quienes conservaban en su cartera un volumen conjunto cercano a los 375.000 millones de dólares. Así, el pasado 29 de agosto, Bloomberg publicaba que la tercera institución privada del país, Bank of China Inc., había procedido en los dos últimos meses a liquidar cerca del 30% de su exposición a las llamadas GSEs1 un hecho que indudablemente llenó de preocupación a las autoridades norteamericanas. Lo mismo estaban haciendo las autoridades bancarias rusas.

Esta dependencia del extranjero en el financiamiento de estas dos empresas hipotecarias llevó a algunos analistas a efectuar el siguiente comentario irónico apenas unos días antes de la intervención del Tesoro: “…no es que sean demasiado grandes como para dejarlas caer. Es que son demasiado geopolíticas como para permitir su colapso” (Asia Is About to Give U.S. a Kick in the Fannie, William Pesek, Bloomberg, 27/8).

Es que EE.UU. es el principal deudor del mundo, con un déficit de cuenta corriente de casi 800.000 millones de dólares, sostenido por un flujo de capitales desde el extranjero. Actualmente EE.UU. importa 1 billón de dólares de capitales extranjeros cada año o la friolera de 4.000 millones de dólares cada día laborable. Este brutal endeudamiento del gobierno norteamericano sólo puede socavar aún más la confianza internacional en la calidad crediticia de los bonos del Tesoro norteamericano, dando lugar a una nueva caída del dólar y un fuerte aumento de las tasas de interés que EE.UU. paga a sus prestamistas extranjeros. Esto es lo que preocupa a ex funcionarios del FMI, como Kenneth Rogoff, para quien la actual política de salvataje (en el medio de para él una necesaria reestructuración y consolidación de un sistema bancario hipertrofiado y acostumbrado a altas ganancias), puede poner a los bancos centrales en riego si persisten en brindar su apoyo al sistema financiero. Esta situación los obligaría a buscar una salida inflacionaria para licuar sus deudas o aumentar los impuestos para recapitalizarse, ambas salidas fuertemente traumáticas y que pueden disparar una respuesta obrera y popular a la crisis.

“Socialismo para los ricos”

El rescate es un duro golpe a la ideología reaccionaria del libre mercado con que se justificó durante todos estos años el ataque a la clase obrera y la eliminación de sus conquistas sociales en todo el mundo y se desacreditó al socialismo como la única salida progresiva a los males y catástrofes del capitalismo. La masiva y descarada intervención de las autoridades norteamericanas en nacionalizar dos grandes empresas en crisis para evitar un colapso del conjunto del sistema financiero e hipotecario, muestra que cuando se trata del gran capital, el Estado imperialista norteamericano no tiene empacho en recurrir en un “socialismo para los ricos, los que tienen conexiones y Wall Street”. El apoyo sin ambigüedades a la acción adoptada por el Departamento del Tesoro por los dos principales aspirantes en las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre, John McCain y Barack Obama, también lo demuestra. En otras palabras, el llamado libre mercado no es más que pura hipocresía, esto es privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas.

Los trabajadores del mundo, sobre los que los capitalistas intentaran descargar las duras consecuencias de la actual crisis, deben aprender de la falta de empacho de la clase dominante y el sistema político norteamericano para salvar a su sistema, para de la misma forma implacable luchar e imponer la única solución a los duros padecimientos que nos promete el capital: la expropiación de los expropiadores, es decir de las grandes corporaciones industriales y bancarias, mediante la revolución proletaria y socialista.

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