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Internacional

Se agudiza la crisis financiera en Estados Unidos

El 13/7, antes de que abrieran los mercados, la Reserva Federal (FED, por su sigla en inglés) y el Departamento del Tesoro de EE.UU. han anunciado medidas para salvar de la insolvencia a las firmas hipotecarias estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac.

17 de julio 2008

Un rescate excepcional

La FED dijo que ambas empresas podrían acceder a préstamos de emergencia en su ventanilla de descuento. Para ello, el banco de la Reserva Federal de Nueva York ya cuenta con la autorización para proporcionar, en caso de emergencia, capital adicional a las dos firmas. Si las dos empresas aceptasen el crédito, tendrían que aplicarle un tipo de interés del 2,25%, el mismo que se concede a bancos comerciales y grandes firmas de Wall Street. El plan propuesto por la FED prevé además que el banco central estadounidense sea consultado en el caso de cualquier posible nuevo marco regulador que pudiera impulsar el Congreso y que afecte a Fannie Mae y Freddie Mac.

Por separado, el Tesoro dijo que elevaría temporalmente el límite de su línea de crédito para Fannie Mae y Freddie Mac, dos compañías privadas de financiación hipotecaria patrocinadas por el Gobierno, y que podría, si fuera necesario, comprar porciones accionarias en ambas firmas.
Simultáneamente y mientras toda la atención estaba centrada en Fannie and Freddie, IndyMac Bank, una importante hipotecaria con base en California, pasó a ser controlada por las autoridades federales. Esta firma contaba con activos por un valor de 32.000 millones de dólares y costará a la Corporación Federal de Seguros de Depósitos (FDIC) entre 4.000 y 8.000 millones de dólares, comiéndose ya en esta sola operación un 10% de sus fondos. Su debacle, la más importante hipotecaria en entrar en colapso desde el hundimiento de la burbuja inmobiliaria en 2007, es una muestra de la profundidad de la crisis inmobiliaria y financiera, convirtiéndose en el tercer fracaso bancario más importante de la historia de EE.UU. después de la caída del Continental Illinois en 1984 y de la American Saving and Loan Association of Stockton en 1988.

Sin embargo, las medidas excepcionales de la FED y el Tesoro de EE.UU. no han logrado calmar a los mercados, quienes ven que se aproximan una serie de bancarrotas de cientos de pequeños bancos, docenas de grandes bancos regionales o nacionales (como IndyMac) y la entrada en insolvencia de algunos de los grandes bancos considerados demasiado grandes para caer como Bear Stearns en marzo pero cuyos rescates van a ser extremadamente costosos. Esta perspectiva ha llevado al dólar a su piso más bajo con respecto al euro el martes.

El corazón del sistema hipotecario norteamericano

Si la crisis empezó por las firmas y las hipotecas subprime, la crisis de Fanny Mae y Freddy Mac afecta al corazón del sistema hipotecario norteamericano.

La Asociación Federal de Hipotecas Nacionales (o Fanny Mae) y la Corporación Federal de Préstamos Hipotecarios para la Vivienda (Freddy Mac) poseen o garantizan, entre ambas la mitad del mercado estadounidense para la compra de vivienda y 75% de las hipotecas sobre las casas unifamiliares. Prácticamente todas las empresas inmobiliarias dependen de estas dos compañías en algún sentido, casi todos los bancos de Wall Street hacen negocios con ellas, e inversores de todo el mundo poseen una porción considerable de los 5,2 billones de dólares en títulos de deuda respaldados por estos dos gigantes. En Norteamérica sólo hay un deudor mayor: el Tesoro de EE.UU.
Si estas dos compañías perdieran totalmente la confianza de los inversores significaría un golpe de gracia para el ya debilitado mercado inmobiliario estadounidense. Es que su función principal es comprar los préstamos hipotecarios de los bancos para revenderlos después a los inversores, aportando el capital que los bancos emplean para conceder nuevos préstamos, la esencia del mercado inmobiliario. Aunque por su tamaño y rol crucial para la economía norteamericana es impensable que las autoridades de EE.UU. dejen que las cosas lleguen a tal extremo, la bajada de las acciones de las compañías –que están cayendo de igual forma y rapidez como las acciones de World Com y Enron frente al hundimiento de la burbuja informática ocho años atrás– ha llevado a algunos inversores a cobrar más por asumir esos préstamos. Podría llegar a un punto en el que tanto Fannie como Freddie terminen pagando a los bancos más dinero del que reciben de los inversores. Esto ya ha pasado antes: el aumento de los tipos de interés en la década de los ’80 provocó que Fannie Mae pierda hasta un millón de dólares al día.

Expresión de la debacle del mercado hipotecario

La suerte de Fannie y Freddie, así como la debacle de IndyMac Bank es expresión de la profundidad de la debacle del mercado inmobiliario norteamericano.

El número de embargos forzosos que expulsan a la gente de sus viviendas ha sido en ese período un 57% superior al del año pasado (y subió también el número de inmuebles que cayeron bajo la maza de los bancos y los financieros hipotecarios: un 129%). Puesto que los precios siguen cayendo, muchos edificios no pueden venderse sino con visibles pérdidas, o quedan desocupados. Actualmente hay en EE.UU. millones de viviendas vacías: invendibles o prácticamente carentes de valor, también para los bancos. Ya se ve venir la próxima ronda de desvalorizaciones y pérdidas constatadas. Hasta comienzos de 2009, los precios inmobiliarios en regiones urbanas centrales, como Los ˜ángeles, San Francisco o Miami –según distintos pronósticos– seguirán cayendo, entre un 40 y un 50%.

En la costa Oeste, como por doquiera en el país, hay hoy más casas vacías que nunca, furtivamente abandonadas por propietarios que no pueden seguir pagando sus hipotecas. Afecta particularmente a centenares de miles en las soleadas y ricas regiones de California o Florida, y en barrios que hasta hace poco contaban entre los mejor cotizados. Trechos enteros de las calles de la Norteamérica residencial parecen ahora decorados de película, y ya sólo recuerdan a antiguos habitantes que, protegidos por la noche y la niebla, abandonaron el hogar llevándose sólo lo que cabía en el coche. Muchos, muchísimos, no pueden permitirse pagar un apartamento, no digamos una nueva casa. Los de mayor suerte se albergan con sus parientes. Para otros el auto se ha convertido en su techo, solo localizables a través del teléfono móvil. A amigos y a parientes, ni palabra del lugar en que se está.
En California, Arizona o Florida ha aparecido una nueva categoría de “sintecho”. Los diarios dan cuenta de la existencia de pensionistas que viven en sus autos de clase media en la calle, o gente visiblemente más joven que tiene un trabajo regular pero que no puede permitirse una vivienda. En fila estacionan sus “viviendas” móviles junto a las aceras de periferias y barrios residenciales de zonas burguesas, despertando la queja airada de sus habitantes, para quienes este nuevo vecindario de los sintecho rodantes son una plaga que atenta contra el valor de sus casas, la imagen de sus calles y la reputación de su barrio.

La presión deflacionaria

La debacle de IndyMac Bank no es caso aislado. Como dice un respetado agente de inversiones: “El sistema financiero está en una encrucijada. A los actuales precios de mercado, el sistema permanece descapitalizado a pesar de los aportes de 350.000 millones de dólares en los doce meses pasados. Más aún, dado el colapso de los precios de las acciones, un número creciente de instituciones, incluyendo gigantes como Freddie Mac and Fannie Mae, las agencias hipotecarias, están esencialmente incapaces de conseguir capital sin la ayuda gubernamental. Cuanto más tiempo esta situación prevalezca, mayor el riesgo que el sistema financiero va a afrontar dificultades en conseguir otros financiamientos críticos para sus operaciones de día a día. Esto aceleraría la venta forzada de sus activos en mercados carentes de liquidez, conduciendo a otro paso atrás en un ya vicioso espiral negativo”1.

Pero esta situación no sólo es privativa del sistema financiero sino que abarca crecientemente al conjunto del tejido económico de EE.UU., como ilustra la delicada situación del gigante automotriz General Motors (GM) que se encuentra más cerca de la bancarrota que en cualquier momento desde 1920 cuando casi quiebra. Sus bonos son considerados bonos basura, sus acciones están el nivel más bajo desde 1954, sus ventas están cayendo en picada y su management, desorientado. Hasta los analistas siempre optimistas de Wall Street consideran que GM tiene un 75% de probabilidades de caer. Estamos hablando de la compañía considerada hace no mucho la número uno en EE.UU. En su cenit, GM dominaba el 50% del mercado norteamericano; hoy es una compañía cuyo valor accionario es de 5.000 millones de dólares con menos de un quinto del mercado automotriz norteamericano. Aunque resulta increíble de creer, el mayor fabricante automotriz en EE.UU. hoy tiene un valor de mercado menor que Mattel, un fabricante de coches de juguete. La debilidad de las ventas refleja el raudo giro en la cultura compradora no visto nunca antes en la historia de la industria automotriz: las grandes 4x4, fuertes consumidoras de gasolina y que dejaban un alto margen de ganancias a las Tres Grandes de Detroit (GM, Ford y Chrysler), en especial a GM, se está yendo a pique con el aumento del combustible (el mismo fenómeno, junto a la crisis inmobiliaria, está liquidando el irracional y poco productivo desarrollo de grandes casas y mansiones en los suburbios de EE.UU., con un alto consumo de energía para su calefacción y por los excesivos costos de transporte –en ausencia de transporte público– para movilizarse a los lejanos centros de trabajo, de negocios o de producción).

Pero más importante que lo anterior, la amenaza más duradera para las Tres Grandes de Detroit es la contracción del mercado de créditos. Mucho antes que la gente empezara a conocer los créditos subprime, las Tres Grandes financiaban la compra de autos con préstamos automotrices subprime. Con tasas de interés a niveles cero, con préstamos de duración mayores a la vida útil del coche, fueron creando una industria tan adicta a las fáciles condiciones crediticias para su supervivencia que hoy se ven en una muy difícil situación. Su suerte final estará atada, más allá de los draconianos planes de despidos que se preparan, a la suerte de los mercados financieros y del alcance de la recesión y a que se detenga el espiral deflacionario que está destrozando la viabilidad de éste y de otros negocios, difícil en el marco de la peor crisis financiera desde la Gran Depresión y la peor recesión norteamericana en décadas.

Una pesadísima carga para el fisco... que será pagada por los trabajadores

Las autoridades monetarias y financieras norteamericanas están frente a un dilema. Por un lado, no pueden dejar caer a Fannie Mae y Freddie Mac, no sólo porque esto paralizaría su mercado hipotecario sino porque los inversores internacionales (en especial los bancos centrales rusos y sobre todo chino) están llenos de títulos de estas dos agencias, y toda señal de no apoyo podría implicar que huyeran de estas inversiones en avalancha. Pero un rescate de estas dos instituciones hipotecarias significaría una pesadísima carga para el fisco: es que las fuertes pérdidas de la socialización de estos dos bancos significarían la necesidad de aportar al menos un 3% del PIB estadounidense para su rescate, unos 360 mil millones de dólares. En el acto, las letras del Tesoro del gobierno de EE.UU., hasta ahora aceptadas y mantenidas sin vacilar en todo el mundo, se desvalorizarían terriblemente: la siguiente ronda de la crisis financiera global estaría abierta. De ahí la nueva debilidad del dólar.

El plan de rescate del Tesoro de Fannie y Fredy, la “madre de todos los rescates”, es como ya venimos denunciando con el rescate del banco de inversión Bearn Stearns una muestra más de que en tiempos de crisis los gobiernos capitalistas no dudan en acudir al socialismo, pero para los ricos, los que tienen buenos contactos y para Wall Street. Una muestra del carácter malsano del capitalismo, un sistema donde las ganancias son privatizadas y las pérdidas socializadas.

Los que pagarán el pato de la boda serán los trabajadores que no sólo afrontan un aumento de los despidos sino una creciente carga impositiva sobre sus hombros. Debemos impedirlo.

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