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DEBATES

RESPUESTA A JOSÉ PABLO FEINMANN POR SU NOTA “LAS GRANDES ALAMEDAS”

Las grandes alamedas de Feinmann no son las de la clase obrera

El domingo 8 de septiembre, José Pablo Feinmann publicó en el periódico Página/12 una nota conmemorativa sobre la figura de Salvador Allende, expresidente socialista de Chile, al cumplirse cuarenta años de su muerte y del golpe de Estado del general genocida Augusto Pinochet.

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12 de septiembre 2013

El domingo 8 de septiembre, José Pablo Feinmann publicó en el periódico Página/12 una nota conmemorativa sobre la figura de Salvador Allende, expresidente socialista de Chile, al cumplirse cuarenta años de su muerte y del golpe de Estado del general genocida Augusto Pinochet. En esta nota el señor Feinmann incurre en una serie de afirmaciones equivocadas y que creo necesario corregir en vista de que no solo se trata de errores cuya explicación está en un desconocimiento de los hechos descritos por él mismo sobre el proceso revolucionario chileno y la relación entre Salvador Allende, la clase obrera y la extrema izquierda (en este caso particular, el MIR), sino porque Feinmann hace uso consciente de una distorsión de estos hechos para justificar sus posiciones políticas actuales a costa de la difamación de la extrema izquierda chilena de aquellos tiempos y con el claro objetivo de desprestigiar a los compañeros que, a pesar de las diferencias que sostenemos en la actualidad con aquella izquierda, mantenemos firmemente la perspectiva internacionalista de la revolución obrera y socialista.

Antes de desarrollar mis apreciaciones quisiera aclarar que no soy licenciado en Filosofía, sino que tan solo soy un joven obrero metalúrgico chileno que reside desde hace algunos años en Buenos Aires y que, además de adherir a la militancia del Partido de los Trabajadores Socialistas de Argentina (en el Frente de Izquierda), tengo una profunda convicción en el poder de la clase obrera y he dedicado parte del poco tiempo que me queda libre a un estudio concienzudo del proceso revolucionario chileno de comienzos de los 70.

En primer lugar, en “Las grandes Alamedas” Feinmann denuncia correctamente el golpe de Estado del general Pinochet, el cual no solo significó “la masacre fría y planificada de la clase obrera más consciente y organizada de Latinoamérica”, como los mismos obreros del Comando Provincial de Cordones Industriales de Santiago, el Comando Provincial de Abastecimiento Directo y el Frente Único de Trabajadores en Conflicto le advirtieron desesperadamente al presidente Allende a través de una carta pública una semana antes del mismo Golpe, sino que inauguró para el continente la “era” del neoliberalismo, lo que significó la pérdida brutal de todas las conquistas alcanzadas hasta ese momento por el pueblo trabajador a costa de sudor y lucha.
Asimismo, Feinmann realiza una caracterización del Gobierno de Allende que, si bien describe en términos generales –y, también digamos, superficialmente- como un Gobierno democrático y apoyado en un Ejército que velaba como “el guardián del orden constitucional”, omite señalar que hasta ese momento la defensa de ese orden se basaba en la constante represión y persecución de los desposeídos, de la clase obrera y de la izquierda. Unas Fuerzas Armadas que bajo esa misma bandera del orden constitucional habían masacrado a los obreros salitreros que protagonizaron la gran huelga general iquiqueña del norte pampino en 1907; que había encarcelado y torturado a los luchadores obreros de izquierda en los campos de concentración de Pisagua durante la implantación de la Ley de Defensa de la Democracia en 1948 (denunciada por la misma clase obrera como “ley maldita”, macartista y proscriptiva), que reprimió a obreros, estudiantes y pobladores en la seminsurrección popular de abril de 1957, hecho conocido como la Batalla de Santiago, en la huelga general convocada por la Central Única de Trabajadores de Chile en noviembre de 1967 y en la Masacre de Puerto Montt en 1969, cuando fue acribillada una comunidad de pobladores sin casa que ocupaba terrenos para establecer un asentamiento. Podríamos enumerar una gran lista de hechos que afirman que la “institucionalidad democrática” vigilada por las Fuerzas Armadas era la de los capitalistas, banqueros y latifundistas, y no la de los de abajo. Salvador Allende sabía perfectamente esto.

Otro error en el que incurre Feinmann -y que es clave para la polémica que desarrollo con él- es su caracterización del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) como una organización armada de tipo guerrillera que -por sus diferencias estratégicas con la vía pacífica al socialismo que Allende predicaba- practicaba “un repudio sin tregua” a su figura y a su Gobierno. Pero la verdad es menos simple y mucho más compleja de lo que le gustaría a Feinmann. Si bien el MIR manifestaba públicamente su escepticismo con la estrategia de Allende, desde un comienzo practicó un apoyo político abierto a él y a su Gobierno. Su apoyo era crítico -en razón de sus públicas diferencias-, sin embargo la abierta defensa que practicaba el MIR del presidente chileno ante las amenazas golpistas lo llevó incluso a colaborar activamente con su protección personal, pues el MIR se incorporó a la guardia armada presidencial, más conocida como el Grupo de Amigos del Presidente (GAP). Incluso cada información de inteligencia que recogía el MIR acerca de los planes golpistas era inmediatamente reportada a los líderes de la Unidad Popular, y hasta en lo que concierne a sus diferencias con Allende, el MIR primero se las presentaba personalmente a él y luego las hacía públicas. Jamás el MIR llamó a derrocar a Allende, sino, por el contrario, su línea siempre fue presionarlo por izquierda para llevarlo a tomar posiciones más radicales que lo pongan a la cabeza de la lucha revolucionaria. Un esfuerzo estéril, desde luego. Por lo que podríamos concluir que, en vez de ser una oposición furibunda, el MIR en realidad fue la fuerza auxiliar de Salvador Allende desde afuera de la Unidad Popular, y la vía de transmisión de su política entre los sectores más radicalizados.

Parecería un error de interpretación de las políticas miristas por parte de Feinmann, sin embargo, es todo más claro cuando en los párrafos siguientes el filósofo despotrica contra el marxismo y las experiencias revolucionarias del siglo XX. Identificando marxismo y estalinismo (incluyendo las experiencias de estalinismos nacionales, periféricos a Moscú), Feinmann arremete contra la izquierda revolucionaria, contra el legado de Marx, Engels, Lenin y Trotsky, que los obreros de gran parte del mundo hicieron suyo en la perspectiva de terminar con la explotación del hombre por el hombre.

Y es aquí cuando Feinmann lanza su dardo más venenoso: “Los del MIR fueron funcionales a los golpistas”. Aquí el autor incurre en una falta poco digna de “cultos progresistas”: falta a la verdad. Déjeme decirle, señor Feinmann, que dudo bastante de que usted sea un ignorante, pero si existe la remota posibilidad de que desconozca los hechos ocurridos en Chile entre 1970 y 1973, me veo en la obligación de aclararle algunas cosas. En primer lugar, señor Feinmann, déjeme explicarle que el golpe de Estado de Pinochet y Nixon no fue una reacción dirigida exclusivamente al presidente Allende y a los líderes de la Unidad Popular. La contrarrevolución que se consumó el 11 de septiembre fue la reacción a un proceso de lucha de clases abierto que tiene como principal protagonista a la clase obrera chilena, particularmente a la acción directa e independiente de los obreros de los 31 cordones industriales que sembraron el pánico entre capitalistas y latifundistas desde octubre de 1972. Una fuerza que quebrantó ese mismo orden constitucional que usted tanto defiende expropiando fábricas, minas y fundos y que sobrepasó con creces en lucha callejera a la de las bandas fascistas del otro lado de la barricada. Una enorme experiencia autogestionaria que buscaba instaurar un nuevo Estado sobre la crisis del viejo. Una fuerza que emergió en Chile para enfrentar el boicot patronal y el sabotaje imperialista, en defensa de Allende y su Gobierno, al que consideraba como propio. Fue ante esta amenaza, la de la revolución obrera, que se conjuraron todas las fuerzas de la reacción para barrerla de un solo golpe. No fue la acción del MIR la que incitó y justificó el golpe, que, dicho sea de paso, fue una organización que atravesó una gran crisis política, casi una parálisis, durante estos mismos hechos. Y cuando la reaccionaria inteligencia naval descubre un verdadero movimiento de tropas a lo largo de toda la flota dispuesto a levantarse en armas en defensa del Gobierno de Allende y en plena disposición de combate para enfrentar al golpismo, los contrarrevolucionarios y el imperialismo vieron que no podían dejar pasar más tiempo. Si usted, señor Feinmann, se detiene a estudiar los sucesos ocurridos alrededor del tanquetazo del 29 de junio de 1973, es difícil que pueda llegar a hacer afirmaciones más absurdas y deshonestas como la de responsabilizar al MIR y a cualquier izquierda revolucionaria por las acciones del golpismo, y más aún cuando fue el mismo progresismo que usted tanto reivindica el que se negó a tomar medidas drásticas (como tanto lo exigían los obreros de los Cordones Industriales y los marinos del movimiento antigolpista), todo por intentar llegar a acuerdos diplomáticos con fuerzas contrarrevolucionarias como la Democracia Cristiana (partido patronal), que le exigió a Allende desalojar y devolver las fábricas tomadas por los obreros de los Cordones Industriales como condición para comenzar un entendimiento, lo que Allende aceptó mientras las Fuerzas Armadas allanaban las fábricas bajo el alero de la nueva Ley de control de armas, denunciada por la clase obrera como una nueva “ley maldita”.

Y la permanente inquietud del filósofo por reprochar a la izquierda revolucionaria la responsabilidad de incitar al golpismo tiene un correlato práctico hoy. Es fácil darse cuenta de que sus conclusiones en “Las grandes alamedas” no tienen otro objetivo que la defensa rabiosa del Gobierno de Cristina Fernández y el “reproche sin tregua” a la izquierda que no se ha dejado cooptar por él. El retroceso del kirchnerismo y el avance de la izquierda trotskista tanto en las Primarias de agosto como en las universitarias de septiembre no son más que la expresión de que nos encontramos en las postrimerías del ciclo kirchnerista que comenzara el 2003, y que sobre esta declinación emerge algo que aún no ha terminado de nacer, pero que encierra en su interior una nueva reconfiguración de la subjetividad de la clase obrera y la juventud hacia las ideas de la izquierda, de la izquierda que dirige comisiones internas combativas y antiburocráticas, y ha protagonizado heroicas luchas obreras.
Pero si se trata de comparar al progresismo kirchnerista con el “socialismo democrático” de Salvador Allende, Feinmann incurriría en otro error, que esta vez pasaría de lo grosero a lo ridículo: por lo menos Salvador Allende, dentro de todo su reformismo, se vio en la necesidad de nacionalizar el cobre, el principal recurso natural chileno, expropiárselo a los yanquis y estatizarlo en beneficio del pueblo, mientras que el Gobierno de Cristina, bastante (bastante…) lejos del político chileno, le entregó el petróleo, que por derecho pertenece al pueblo argentino, al imperialismo yanqui de Chevron (¡y por más de 38 años!), el cual arrasará con comunidades mapuches y practicará el fracking. Nada muy progresista, digamos, sino bastante más similar a lo que hizo el mismo Pinochet al devolverle el cobre al imperialismo.

11 de septiembre de 2013

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